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Floripondio de Pons y Ruscacrónica tenía emparentada su hidalguía con una nobleza venida a menos. Tanto era así que incluso el escudo en piedra de la casa solariega de su linaje, el penúltimo Ruscacrónica al que le cayó encima la rancia primogenitura, estando como estaba "boquerón", se lo había vendido a un nuevo rico que lo estampó sin ningún pudor ni gusto estético en la fachada de su chalet, que daba un cante que para qué.

Don Floripondio era, a la sazón, el último de Pons y Ruscacrónica y aunque al viejo "se le cae el diente pero no la simiente" mal lo tenía de no darse prisa en los trabajos de garantizar su finiquitado linaje, ya que tenía una edad que frisaba en los 80 años, o sea, casi tantos como millones de euros. Porque don Floripondio, al contrario que los Ruscacrónica que le habían precedido, le dio en buena hora por los negocios y su fortuna era de las más fiables de la isla.

Una mañana de mayo don Floripondio entretuvo su ocio en mirar un viejo álbum de amarillentas fotografías y de golpe cayó en la cuenta de que se estaba haciendo viejo y que aún no se había casado y pensó que, ahora que tenía casi 80 años y una fortuna que nunca tuvieron ninguno de los floripondios que figuraban en su encina genealógica, era hora de matrimoniar; de tal suerte que estando su contable en el conocimiento de este deseo de su patrón, le presentó una moza de las que salen en los calendarios, más desnudas que vestidas, bien podría pensarse que como una oferta para un jolgorio carnal. La del tacón de aguja se llamaba Sabina Pons Cienfuegos.

Don Floripondio, que a esas alturas de la vida tenía ya la cabeza regular, fio en las nobles maneras de lo que le quedaba de hidalguía y la invitó a un ágape. Ella quería cenar de wok pero don Floripondio le pareció que con la cocina oriental no se puede empezar una relación amorosa, así que para la ocasión encargó una caldera de langosta, que les hizo el milagro gastronómico un cocinero de Fornells. Después de la cena, la moza de calendario le empezó a poner ojitos a don Floripondio, y éste pensó que había llegado la hora nona, por lo que sin decir esta boca es mía, en "un aquí te pillo, aquí te mato", la pasó al regio dormitorio. Nada más entrar y sabiendo que los deseos de don Floripondio a ella le abría las puertas de algo parecido a la caja fuerte del Banco de España, sin pensárselo empezó por quitarse los zapatos de tacón de aguja que la habían estado atormentando toda la velada... nunca lo hubiera hecho. Don Floripondio le soltó casi como si blasfemara: ¡Señorita, no se quite usted nada más! Al día siguiente le dijo al servil contable, ¡Hombre de Dios! ¡Pero hombre de Dios!, ¿usted no sabe? ¡Le olían los pies como un bocata cabrales! Y además algo le avisaba a don Floripondio que la susodicha tenía el punto G donde él tenía la cartera.

La siguiente candidata que le buscó su lacayo era otra cosa, pues además de superar favorablemente la prueba del queso cabrales, Ambrosia Pons Buenfuturo, que así se llamaba la zagala, era guapa con ganas, con un cuerpo de pecado, por lo que le habían hecho una oferta como modelo. Y en eso estaba, pero quería dejar de ser modelo para ser top, que ella no sabía que es lo mismo, pero sabía que ganan más. Y como por encima de guapa, era más lista que el hambre, cuando le echó sus ojos de gata montés encima al octogenario millonario, dijo para sí: ¡Este pa'mí! Y tal dicho, tal hecho. Del bodorrio aún hablan quienes lo vieron.

Don Floripondio le enseñó a Buenfuturo que con dinero no hay capricho que no se pueda conseguir, y Ambrosia por su parte le enseñó a don Floripondio que a los 80 años había hecho la mejor inversión que podía hacer, dado que, total, su destino tenía la fecha de caducidad muy a la vuelta de la esquina. Para cuando don Floripondio de tarde en vez recuperaba lozanas y casi olvidadas festividades de la coyunda, se decía por lo bajini que lo que tienen que comerse los gusanos que lo disfrute antes un cristiano.

Casó el último Ruscacrónica de mozo viejo, que a la postre, al final de su vida, fue sin duda la mejor inversión, la única que le podía devolver momentos de una juventud que se le había ido por el sumidero de los años, aunque eso sí, el médico que le vigilaba de cerca le tenía dicho que tenía que cuidarse las arritmias cardíacas que le sobrevenían cuando a Pons Buenfuturo le daba por presentarse ante don Floripondio llevando sólo puesto sobre su escultural cuerpo, una transparente y vaporosa seda que dejaba coquetamente caer sobre una piel de un león que adornaba el dormitorio. Cada vez comprendo más los apuros que debió pasar Adán en el Paraíso, se decía a sí mismo don Floripondio, al que en una de éstas, milagro será que al ver a Pons Buenfuturo toda vestida de Eva, no le dé un jamacuco.