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S e llama Tolo. No lo conozco de nada pero no quiero pensar que podría haberle pasado si en vez de yo hubiese sido Bibiana Aído quien presenció lo que les voy a contar. Mediodía de domingo. Terraza de restaurante. Llega una pareja con un bebé y un par de personas más. Se acomodan, dejando al bebé en el cochecito en una esquina de la mesa. Un rato más tarde acude el resto de los comensales, entre ellos otra pareja con un niño. Trasiego de sillas. Las mujeres y el niño quedan a un lado de la mesa, los hombres al otro. El cochecito del bebé permanece en su sitio, entre Tolo y, supongo, que su cuñado y padre de la criatura. Tolo, con la voz cantarina que solemos utilizar para dirigirnos a los bebés, le pregunta "qué, ¿quieres ir con la tía?¿a qué sí, a que quieres ir con la tía?". Acto seguido se levanta y lleva el cochecito donde se sientan la tía y la madre de la niña, arruinándoles cualquier posibilidad de una comida (o parte de ella, los niños casi siempre acaban queriendo ir con su mami) distendida. Ellos también se lo merecen, no digo que no, pero por la cara que puso la tía me da que ella y su cuñada se chupan más desayunos, más comidas y más cenas con sus retoños que sus santos esposos como en la mayoría de las casas de este santo país. Si llega a estar, la Aído le abronca fijo y después pone en marcha el estudio para un protocolo de género de eventos familiares que acabe con la eterna discriminación.