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Es un local infecto, escondido entre los vericuetos más sórdidos de un barrio pobre de la gran ciudad. Bajas unas escaleras débilmente iluminadas, sin barandilla, para acceder a un sótano enorme, donde se consumen bebidas alcohólicas (también simples refrescos). Mientras, se escucha música en vivo, intercalada, de improviso, con actuaciones donde se representan monólogos.

Cuando deja de sonar la guitarra acústica que acompaña la cálida voz de la estrella de turno (de turno de noche), aparece sobre el escenario un tipo bajito, vestido de negro, despeinado y de mirada melancólica. Comienza a recitar una serie de hechos trágicos que, con la claridad y entonación adecuadas, despiertan en los espectadores que suelen abarrotar la sala, sentimientos entremezclados de horror, espanto, melancolía e, incluso, compasión.

El público va dejándose llevar por el realismo de las narraciones, que empiezan por las obras clásicas, y que el hombre de negro declama con vivo sentimiento, al tiempo que gesticula y grita como un poseso. Es como si lo estuviese viviendo, o padeciendo allí mismo, en su propio pellejo. Las historias de: Antígona (el dilema entre morir por desobedecer la ley o vivir, renunciando a un deber sagrado de conciencia), Edipo (es un tema complejo, como su propio nombre indica), Otelo (un crimen por celos, fruto de la sinrazón y la maldad), resuenan en las conciencias, al igual que hace siglos.

Precisamente, esta noche, una amiga me invita a acompañarla. Hablamos animadamente mientras flotan en el ambiente las canciones románticas y ñoñas de siempre. Luego, el haz de luz del foco principal, se concentra sobre el micrófono solitario y aparece como un fantasma, que vaga por entre las mesas, el narrador misterioso.
Esta noche, su monólogo va de temas actuales. Nada de literatura. Todo basado en la vida real, en lo que pasa actualmente en alguna parte, a la misma hora. Mucho dolor y desesperación, se hacen presentes de manera magistral, contagiando sentimientos. Hay quien se tapa los oídos, para no continuar escuchando. A unos les afecta más que a otros, pero muchos se miran como queriendo olvidar; distrayéndose durante un rato con lo primero que pueden.

- ¿Por qué me has llevado aquí? – le pregunto a mi amiga, cuando ya no puedo más.
- Solamente identificándonos con los sufrimientos y angustias de los demás devenimos humanos –dice ella–. Capaces de sentirnos parte de una misma especie; hermanos de sangre más que extraños; preparados para establecer comunicación, algún día, con otros seres "intraterrestres".

Finalizada la función, pagamos en la barra y alcanzamos la salida sin mediar palabra. Pensativos, taciturnos, doloridos. Ha sido un espectáculo conmovedor, irrepetible, impactante. Hacía tiempo que no lloraba tanto.