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Cuando uno acude a una biblioteca no puede esperar un silencio absoluto. Es una quimera, pero sí confía en encontrar una cierta paz, tranquilidad. Hace no muchos días, en la biblioteca de Maó sonó un teléfono móvil. Su propietario, más próximo a la jubilación que a la mayoría de edad, no tuvo ningún reparo en atender la llamada y mantener una animada conversación sin levantarse de una mesa que compartía con otras dos personas. Ahora, si un día de estos el Gobierno prohíbe utilizar los móviles en lugares públicos van a salir voces criticando que se coarta la libertad y se persigue a los usuarios de esta esclavitud tecnológica del siglo XXI. Pero será una ley ganada a pulso por la mala educación y la falta de sensibilidad de algunos de sus usuarios. Con el tabaco ha sucedido lo mismo. La protección de los fumadores pasivos, algo que debería haber solucionado la sociedad por sí misma mediante la buena educación y la sensibilidad de los fumadores, ha obligado a dictar unas leyes que reducen casi a la nada los cotos públicos para adictos a la nicotina. La ley es algo exagerada, sobre todo en lo relativo a espacios de ocio como bares o discotecas, pero es la normativa que se han ganado a pulso aquellos fumadores que nunca han tenido en cuenta la molestia y el perjuicio que causaban a terceros.