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Libertades y nacionalismo no acostumbran a cuadrar. No casan. Y no cuadran ni casan porque bajo el pretexto de la defensa de unas identidades se invaden territorios privados a los que indudablemente acotan y limitan su libertad personal. Un ejemplo claro es la forzosa utilización de una determinada lengua en un determinado territorio español cuando todos los ciudadanos, amparados por la Constitución española, somos libres de poder elegir la lengua constitucional en la que queremos que estudien nuestros hijos y en la que queremos relacionarnos con la Administración. Este derecho, ante las conocidas maniobras para conculcarlo, está amparado también por recientes sentencias judiciales que lo certifican y que sientan cátedra sin discusión posible. Cualquier norma autonómica que contradiga esta ley superior deberá ser revocada o reformada de acuerdo a los recientes dictámenes del Tribunal Supremo.

Mientras nosotros hablamos exclusivamente de libertad todos los defensores de la imposición del catalán estándar a la cual estamos sometidos actualmente sólo hablan de defender una lengua. Nunca hablan, no pueden, hablar de libertad ya que esa misma defensa a ultranza la secciona.

En esta columna jamás nos hemos opuesto a que quienes crean conveniente para sus hijos estudiar en lengua catalana estándar puedan hacerlo. Pero también somos fervientes defensores de que otros ciudadanos, que gozan de los mismos derechos constitucionales, puedan elegir la otra lengua constitucional, el español-castellano, para formarse.

Los impositores del catalán estándar tienen un auténtico pánico escénico a que se pueda dar la opción a elegir ya que saben (encuestas hablan) que más del 80% de los habitantes de las Baleares son partidarios de que los estudios sean en castellano y que se enseñen las modalidades lingüísticas de cada isla (no el catalán estándar) para mantener su conservación como legado cultural que es. Sólo las componendas políticas han permitido hasta ahora seccionar esa libertad de elección e imponer dictatorialmente una modalidad de lengua que no se adapta a nuestras peculiaridades históricas. Han sometido la libertad a los dictados políticos.

Las personas usan las lenguas que les convienen para sus propios fines. La defensa de una lengua por parte de unos nunca, jamás, debe de suponer obstruir la libertad a otros. De hacerlo se convierte en pura imposición, en totalitarismo.

A veces hemos recordado como en la Alemania de los años treinta, el sector racial del nacional-socialismo defendía la pureza de la raza aria y la creía superior a las demás. En nombre de esa creencia se hicieron las bestialidades que todos conocemos. Los totalitarismos siempre se creen legitimados para poder imponer la superioridad de una raza o el derecho de una lengua. Cuando hablamos de libertad nos referimos exclusivamente a eso: a la libertad. Sin libertad no hay posibilidad de elección y sin poder elegir no hay democracia. Hay dictadura.

Pronto se cumplirán dos años de una magna manifestación celebrada en Palma de Mallorca en defensa de esa libertad para todos. También en Mahón se celebró otra concentración que reunió a más de trescientos menorquines. Señores, sólo hablamos de libertad.