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Escribo a trompicones, de camino a Mahón, sentada en la galera. El viejo carruaje, tanto tiempo resguardado en la cueva. Hoy se ha decidido volverla a usar, iremos a casa del guardicionero, para que se le hagan cuatro apaños.

Hay que ver lo difícil que resulta escribir con el bamboleo del camino, baches, i colque codolot caigut de sa paret. A pesar de los inconvenientes del tragín, intento acabar sa xerradeta, debo finalizarla , por mucho trucutruc, trucutruc, culada d'aquí, culada de allà y por si no tenía bastante ajetreo, ir escuchando a Praxèdies, que me matraca y martiriza, acusándome de por qué habré quedado callada, tantísimo tiempo y no habré escrito antes sobre mi Trocadero? Para salir del paso, le respondí, que ya está bien de tanta acusación, haciendo gala de mis canas, de ser una chica mayor, de lo feliz que me han resultado los dos capítulos publicados del cabaret. Infinidad de correos de distintos puntos, emocionándome lo que me han dicho, jamás hubiera imaginado los recuerdos que ha removido a unos y a otros, invitándome continúe con algunos detalles más que a todos les agradará saber.

El que los lectores me feliciten me ha llegado al corazón. mesquineta de jo guardaré en un lugar especial, el de José Muñoz. Y que Andrés del Salón, me haya invitado a su programa para el sábado 4 de junio, me ha hecho mucha ilusión, agradeciéndole que todas las semanas tenga la paciencia de leer mis escritos a sus radioyentes, el que recuerde a Gori me enorgullece. Por algo fue un hombre especial que dejó infinidad de huellas por su paso en su vida terrenal.

Una vez aclaradas aquestes quatre coses, me dispongo a continuar con las que trabajaban en el Trocadero y que erróneamente, se barajaba, se decía y comentaba eren quatre vagues vicioses que mejor hubieran hecho ir a fregar los suelos.

El criticar las actuaciones de unos y otros es lo más fácil con que uno se puede encontrar. Lo difícil es actuar dins sa pell de s'altre. Hay que ver cómo han cambiado los tiempos, ello me ayuda comprender infinidad de casos que llegué a conocer por alguna de ellas, al quedar a vivir y rehacer su vida en nuestra ciudad. Entre las mismas había una pubilla de una casa súper bien, acomodadísima del Alto Urgell. Una valenciana con estudios universitarios, y como esto varias más.

En el pasado escrito cité a mi querida vecina la señora Diana, hoy escribo sus datos, se llamaba Adrienne Willems Gasch, nacida el 20 de noviembre de 1900, en Esch Sud Alzette, Bélgica. Algún día si Dios me lo permite, le dedicaré un trabajo, se la podría inmortalizar por los crueles malos tratos recibos con apenas 14 años, cuando se inició la guerra mundial. Alguien la llamó autentica mártir, este fue el que la llevó a Mahón, que adoraba con el alma. Mujer impecable, pulcra, fina, educada, tanto que de coincidir por alguna calle de nuestra ciudad y la saludaba, agachaba la cabeza, mirando para otro lado, como si no te viera para no comprometerte. Vestía como una gran dama, dentro de una sencillez, sin estridencias, jamás la vi sin mangas ni escotes, la elegancia iba incorporada con su talante. En invierno, un sombrerito de lana cubría una melenita gris, y sus guantes, siempre la vi con sus manos cubiertas.

La pretendió un señor de lloc soltero, siempre los vi juntos, muy discretos, como era ella. A veces escuché susurros de los mayores, comentar una verdadera lástima que no se casaran, no lo hicieron, pero mientras la muerte no los separó permanecieron juntos.

Las cosas han cambiado tanto, han tomado un rumbo que jamás se hubiera podido sospechar que una niña de dieciséis año decida si o no le interesa ser madre. Antaño, de llegar una mujer a su casa y dar la noticia de estar embarazada, era más que suficiente para ser rechazada por sus padres, echándola del hogar familiar. Si el futuro padre era un hombre como Dios manda, se hacía cargo de la joven madre y del que pronto nacería.

Pero no siempre el causante de la desdicha era el prometido o acompañante, infinidad de veces resultaba que había sido maltratada y abusada por el señor de la casa donde servía, o forzada por el maestro del taller donde trabajaba. Este cúmulo de desdichas y amargos sin sabores la obligaba a dejar su pueblo o ciudad, en busca de un lugar lejos que la llevara a olvidar, y rehacer su vida. Que no siempre resultaba tan fácil, ni molt menos.

Por lo visto Miguel Guardia estaba en contacto con algún representante, quien procuraba mandarle artistas, señoritas de alterne, estas muchachas filles de pare i mare, tan buenas, tan honorables como cualquier otra. Por supuesto que entre ellas las habría vagas, y no tan buenas, de todo hay en la viña del señor.

Aquí nacieron niños, hijos de las empleadas que llegaban embarazadas. Lo primero que hacían era buscarles una dida que se encargara de cuidarlo, acogiéndolo en su casa, mediante pago. Conocí a varios, que con mucho cariño crio na Guida de Ferreries, vivía frente la casa de mis padres. Aunque a mí me parecía muy mayor, no lo era tanto cuando enviudó, continuó con su cometido, el no haber podido tener hijos la satisfacía poder cuidar aquellos angelitos.

El Trocadero era como una rueda de molino, prodigando trabajo. Músicos, camareros, gente de limpieza, cocineros, modistas, peluqueras, lavanderas, entre estas se encontraba una de mis queridas vecinas na Tonia Tra, vivía en la plazoleta de San Roque , esquina con la de Santa Catalina, la pared de su casa hacía de medianera con la nuestra. Antonia había criado estoicamente a sus hijos y tres hijas trabajando sin descanso. Por las mañanas disponía de un puesto de venta en la pescadería y por las tardes se encargaba de lavar la ropa de las artistas, devolviéndola planchada y almidonada, se la veía pasar calle abajo cargada de toallas, ropa interior, visos y cancanes con el peculiar crujir producido por el almidón.

Debo aclarar que en mi escrito del sábado fue una verdadera lástima no recordara con exactitud los nombres de los músicos, a lo largo de los años fueron tantos los que pasaron por el lugar, al igual que los camareros, que me da opción de investigar sobre los mismos.

En mi infancia predominaba la música española. Las zambras y las coplas. Muchos cantantes de consabida fama actuaron, siendo muy aplaudidos, incluso a veces ya lo habían hecho con anterioridad en el Teatro Principal, como fue el caso de los populares Carmen Morell y Pepe Blanco, que con gran alegría los vecinos fueron a escucharlos, eran los que ahora llamaríamos números uno de las emisoras españolas, e incluso una noche la prohibida Radio Pirenaica, como caso excepcional, puso unas notas musicales de la pareja.

Pero lo que no puedo dejar de citar es el boom y el revuelo que van armar las hermanas París, a mediados de los cincuenta, recién estrenada la película titulada "Los caballeros las prefieren rubias", del director Howard Hawks, indiscutible realizador que tanto nos hizo xalar con sus musicales. Jane Russell interpretando a una ingenua Dorothy y Marilyn Monroe, en Lorelei, deseosa de hacer fortuna pretendiendo casarse con un viejo millonario que chocheara y que ja estigui bastant endavant.

Las hermanas París llegaron con el vapor, las subió a su punto de destino Lorenzo Villalonga con su taxi, persona muy apreciada, casado con Isabel Sansó, disponía del garaje rotulado con el número 35, quatre portes més avall de ca nostra. Era evidente, que todos muy pronto supimos la llegada de aquellas distinguidas artistas, por supuesto que nada tenían que ver con el folclor. Guapas, espectaculares, tanto que yo siendo una niña jamás las olvidé, ni tampoco a sus asiduos acompañantes, que muy pronto fueron de los llamados fijos, incluso les van retirar.

No presencie su actuación, por el contrario escuché a los mayores cómo daban toda clase de detalles. Imitando a la Russell y a la Monroe. Con un traje tal cual, muy estrechos y ajustados, marcando su silueta, en tono rosa malva, sin tirantes guantes largos del mismo tono, fueron fielmente imitados para las llamadas hermanas París, una morena y una rubia que hicieron suspirar a jóvenes y no tanto de aquel Mahón.

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margarita.caules@gmail.com