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Ha pasado una semana desde el fin de la campaña electoral y las vallas continúan luciendo las caras sonrientes y los logotipos brillantes de los candidatos y partidos políticos. Producen una sensación triste, tanto de los que han ganado como de quienes no han tenido tanta suerte, hay sonrisas que ahora transmiten una mueca de decepción visto lo ocurrido el domingo, al fiasco de los resultados se une ahora esa especie de pena, una exhibición pública que a estas alturas resulta prescindible y que el buen gusto aconseja evitar. En muchos casos, se trata de vallas comerciales sujetas a una rutina y un contrato de publicidad que la empresa en cuestión gestiona a su ritmo, pero por encima de esas cuestiones debería primar la oportunidad de seguir en el cartel quien ya se ha caído del mismo por la voluntad popular. La imagen, que es tan importante para el objetivo del voto, se deteriora de forma inminente una vez transcurrido el proceso electoral, recuerda a los danones caducados, los carteles son productos perecederos, se hacen añejos en sólo unas horas pero no hay inspectores que lo sancionen. En Alaior, el equipo de Sugrañes había acordado de antemano retirar toda su cartelería la misma noche del domingo y cumplió. Fue su segunda victoria, la de la limpieza que, ojalá, inspire también su mandato.