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Es demasiado fácil disparar con la pólvora ajena instalado en un despacho de la administración pública y además hay muchos incentivos para ello. Los derrochadores, de cualquier signo político, lo tienen casi todo a favor: pueden ofrecer más servicios, contratar a más personas, hacer más cosas, comprar de todo, ser generosos con el cuarto y el quinto mundo y llenarse así la lengua de realizaciones, coleccionando de paso panzas agradecidas. Gasta que te gastarás, duermen tranquilos pues de noche la estampita de Keynes les susurra que con el dinero de todos están haciendo mover el mundo.

Los manirrotos tienen la enorme ventaja de no pagar de su bolsillo. Su prodigalidad procede del dinero de los otros, los ciudadanos a los que supuestamente están beneficiando. Como éste nunca basta para calmar su ansia de dispendio, recurren a los caudales de las siguientes generaciones que son las que a la larga deberán reembolsar la deuda colosal que los malgastadores van acrecentando a plena dedicación.

Y por si eso fuera poco, cuando los desagradecidos votantes ponen en su lugar a quienes han esquilmado las arcas públicas hasta tal punto de que no hay ni para pagar ni tan siquiera las nóminas, pueden denunciar desde la oposición que el nuevo gobierno está haciendo recortes de la que fue su espléndida e inconmensurable gestión.