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Unos meses largos sin coger la pluma para nada pueden acabar si uno no le pone remedio desperezándose de una vez en una especie de inhabilitación voluntaria para hablar o escribir sobre el tema que sea. Cosa difícil es, para mí al menos, recuperar un hábito adquirido a fuerza de años y a punto de perderse por falta de ejercicio durante un periodo de tiempo más extenso de lo que hubiera querido. Es lo que ha estado a punto de ocurrirme a mí en más de una ocasión y concretamente en el ámbito de la comunicación en el que me he movido tan a gusto durante unas cuantas décadas.

Recojo del último libro de Francesc Torralba, Jesucrist 2.0, la opinión de que se escribe, entre otras motivaciones, para poner orden a lo que se piensa. Son tantos, en efecto, los sucesos -ésta es la palabra- que ocurren todos los días que nos afectan muy de cerca a todos y que hieren nuestra sensibilidad que reflexionar sobre ellos en voz alta, que es lo que a partir de hoy mismo intentaré hacer un poco, obliga a cuidar mucho el orden a la hora de concretarlos y de hacerse entender mínimamente por aquellos a quienes uno se dirige.

Comprender bien lo que pasa, leo en un libro del que son editores Daniel Innerarity y Javier Solana, es el primer paso para hacer lo que se debe. En esto estamos. Cómo vamos a actuar como es debido si no sabemos de verdad lo que ocurre en nuestro entorno, dominado por una exuberante y desordenada información manipulada además por algunos medios, que no facilitan en absoluto el conocimiento de la realidad circundante sino todo lo contrario.

En el caos informativo provocado paradójicamente por el exceso asfixiante de información se hace muy difícil para el ciudadano medio valorar de entre tantos inputs que recibe cada día y a todas horas lo que de verdad importa saber, y se hace por ello imprescindible la ayuda de creadores de opinión expertos y honestos que sin pretender ignorar la realidad por muy negativa que ésta sea, contribuyen primero con su ejemplo y también con su autoridad y su prestigio intelectual a crear un clima sereno que buena falta nos hace en la difícil coyuntura que nos ha tocado vivir. Puedo dar fe, si se me permite esa expresión, de que existen bien cerca de nosotros este género de testimonios, en algún caso porque he tenido la suerte de conocerlos personalmente y me he beneficiado de su buen hacer, y en otros casos por la lectura de libros y ensayos periodísticos en los que resplandece un equilibrio emocional y una objetividad poco frecuentes en la situación más bien conflictiva que se vive aquí y ahora, sobre todo en el ámbito de la política.

Airear el pensamiento de éstos que yo llamaría sabios proyectando sobre hechos cotidianos que inciden directamente en nuestras vidas me parece una tarea útil y aún necesaria a la que tan modestamente como se quiera me gustaría colaborar desde estas páginas en las que, por supuesto, va comprometida mi opinión personal. Uno es en cierto modo propietario y responsable de las palabras que emplea para expresar su modo de pensar y de sentir. La costumbre de invocar en algún caso el testimonio de otros que refuerza con su autoridad la opinión propia no está pensada para escurrir el bulto. Éste no sería, desde luego, mi caso.