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Los menorquines somos una especie digna de un exhaustivo estudio sociológico. Lo intuí cuando las entradas para el concierto de Sergio Dalma se agotaron en menos de dos horas, pero la locura desatada a raíz de la apertura del Mercadona en el Polígono de Maó ha venido a confirmar mis sospechas. Reconozco que yo también he sucumbido a la llamada de San Hacendado. La verdad es que, después de quedar excluida de conversaciones entre amigos al no haber visto "¿Quién quiere casarse con mi hijo?", decidí evitar una situación similar, y el pasado jueves, aprovechando el festivo, me adentré en las profundidades del nuevo parque de atracciones comercial de la Isla. Con el fin de esquivar aglomeraciones, opté por hacer la compra al mediodía. Mi sorpresa fue mayúscula al darme cuenta de que, o todos habían tenido la misma idea que yo, o lo del Mercadona no tiene nombre. Productos agotados, colas en la pescadería y retenciones en los pasillos. Incluso daba la sensación de que el Consell había optado por habilitar autobuses de refuerzo desde Ciutadella. Como pude, logré salir con una bolsa aunque, eso sí, más estresada que nunca. Afuera brillaba el sol y me dio por pensar que, probablemente, las playas estarían vacías. Los isleños preferimos dedicar la jornada festiva a darnos una vuelta por el Mercadona que, más que un supermercado, parecía el Carrer Nou un sábado por la mañana.