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La posibilidad de reducir el número de diputados en el Parlament balear es una medida que gusta a las masas, ávidas de que el ahorro-sablazo afecte también a quien lo promueve. No obstante, un ERE parcial en la Cámara autonómica no entra en el fondo de la cuestión, en lo realmente preocupante, que es su funcionamiento. A menudo vemos como en los plenos del Parlament se debaten asuntos etéreos, en una política de autoconsumo con preguntas de respuesta conocida de antemano, que solo buscan un titular o unos segundos de tele. Antológicas son las preguntas de los diputados del partido que gobierna, calculadas para el lucimiento del conseller de turno. La disciplina de partido solo se salta de forma extraordinariamente excepcional, lo que pone en cuestión la magna importancia que todo el mundo otorga a la representatividad territorial. Y muchas medidas aprobadas acostumbran a quedarse en el limbo. El Parlament no es inútil. Claro que no. En él se cuecen leyes, normativas, acuerdos, pero siempre con los primeros espadas de cada partido como interlocutores, en la trastienda. Así, el Parlament se podría reestructurar creando una especie de comisión de representantes de las distintas formaciones, con un poder equivalente a su resultado electoral, suprimiendo el teatrillo del hemiciclo, cuyo tamaño, la verdad, no es lo que realmente importa. Senado y Parlamento Europeo, lo mismo. O incluso diría más, que se los carguen.