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Ya hace años que nos vamos acostumbrando a que la clase política disfrace la realidad con discursos y palabras ambiguas, huyendo de afirmaciones o negaciones claras para no comprometerse (las hemerotecas son un arma de doble filo). Disfrazar lo feo de bonito y utilizar vaguedades para no concretar se ha convertido en una costumbre que los comentaristas políticos analizan con lupa.

El márketing político empieza en el lenguaje y eso lo saben bien los asesores que rodean a nuestros mandatarios. Utilizar el lenguaje como herramienta se ha convertido en algo común. No se utilizan palabras que puedan crear inquietud social o pesimismo. El lenguaje tiene que ser positivo, aunque todo se hunda.

Nos acostumbramos hace tiempo cuando nos querían vender que la crisis era tan solo una desaceleración, cuando no había crisis inmobiliaria sino dificultades en el sector de la construcción, cuando la criminalidad era inseguridad ciudadana, cuando no había problemas sino retos. Más recientemente, cuando en lugar de hablar de despidos nos hablan de flexibilidad laboral, o cuando no hay subida de precios sino reajuste.

Y ahora volvemos a las andadas cuando nos dicen que no hay rescate, sino un préstamo, una ayuda a la banca. No sé si se darán cuenta, pero todos estos eufemismos solo hacen que los ciudadanos desconfiemos más de su discurso, porque ya nadie se los cree.