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En los últimos meses, he dado muchas vueltas a la palabra talento. Al final, he titulado Educación del talento al programa educativo que he elaborado para la Universidad de Padres on line. La palabra significa inteligencia, capacidad, habilidad para hacer algo, pero, una vez más, la etimología y sus avatares permiten precisar el significado. El talento era una moneda que circuló en la antigüedad por todo el Mediterráneo. Su valor era muy alto. Equivalía a unos 27 kilos de plata. ¿Por qué una moneda ha llegado a ser sinónimo de inteligencia? Por la popularidad de una de las parábolas de Jesús de Nazaret, conservada en el Evangelio de san Marcos. Un señor, al iniciar un viaje, dejó a uno de sus criados cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, para que sacaran de ellos provecho. Los dos primeros negociaron con el dinero y devolvieron a su jefe el doble de lo que les había dado, y por ello fueron premiados. En cambio, el tercero se limitó a guardar el talento recibido y a devolverlo a su señor cuando regresó, y fue castigado por su negligencia.

Se llama metonimia a la utilización lingüística de la parte por el todo. Por ejemplo, cuando decimos caben cien mil almas en el estadio, lo que queremos decir es que caben cien mil individuos, con sus cuerpos y sus almas. En el caso que nos ocupa, la inteligencia no es la moneda, el talento, sino el uso hábil de la moneda, pero lo que pasó al diccionario fue sólo una parte del ejemplo, la moneda. Estas historias de las palabras me producen un íntimo y profundo regocijo, por eso se las cuento.

Lo que me importa destacar y la razón por la que uso la palabra talento es porque no se refiere a una propiedad, sino a un ejercicio. El tercer siervo no tenía menos talento por tener sólo una moneda, sino porque no hizo nada con ella. Después de estas precisiones llegamos a una correcta definición : talento es el uso inteligente que se hace de un recurso. Imaginaos que una persona tiene una gran inteligencia medida por los test de inteligencia, pero una gigantesca pereza que le impide usarla. Se trata de una inteligencia potencial, que no pasa nunca al acto.

En cambio, la idea de talento es activa, realizadora, no puede ser mera posibilidad.

Suelo decir a mis alumnos más jóvenes que la inteligencia se parece al juego del póquer. En la vida y en el juego hay cartas buenas y cartas malas. En la vida, las condiciones genéticas, sociales, económicas en que se nace; en el juego, los naipes. Es mejor, sin duda, tener cartas buenas, es decir, tener muchas capacidades, pero ni en el juego ni en las cartas gana el que tiene mejores cartas, sino el que sabe jugar mejor. El talento consiste en saber jugar bien con los recursos que se tienen. Conviene distinguir ambos niveles. Escribo este artículo en Harvard, y el lugar me hace recordar que uno de los grandes psicólogos americanos contemporáneos, Jerome Bruner, escribió un delicioso libro titulado: ¿Por qué si somos tan inteligentes hacemos tantas tonterías? La respuesta podría ser: porque no utilizamos la inteligencia con talento.

Un proyecto educativo tiene por lo tanto dos objetivos principales: aumentar los recursos del niño, de ello hablé en la miniserie que dediqué al inconsciente, y enseñarle a que juegue bien con ellos, a que los use de la mejor manera posible. Por esto he decidido titular mi propuesta Educación del talento.