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Unas declaraciones del obispo auxiliar de Barcelona, Sebastià Taltavull, así como otras del joven obispo de Solsona, Xavier Novell, han generado airadas reacciones. No es extraño que los obispos estén junto al pueblo. Es su deber. Siempre lo estuvieron. ¿O no?

Habría que recordar muchas "Pastorales Conjuntas". Ellos no dicen lo que hay que hacer o dejar de hacer en el convulso escenario catalán, aunque su conocimiento del mismo es más amplio que el de muchos de los comentaristas. Vienen a decir que estarán con lo que el pueblo decida, pues a la Iglesia no le corresponde decir qué modelo territorial es el más adecuado.

Lo que ha de mover a la Iglesia es el servicio al pueblo a ellos encomendado y servir para que la dignidad de las personas, en todas sus dimensiones, sea respetada.

En esto Juan Pablo II, que tanto sufrió en sus carnes la negación a su soberanía, dio lecciones magistrales, como las ha dado Benedicto XVI y su "soy bávaro y no alemán" y todo el Magisterio de la Iglesia.

Hay obispos en el territorio español que hablan y de sus palabras se infieren delitos contra la Constitución y nada pasa. Todo son aplausos, parabienes y hurras dantescos. Cuando otros obispos dicen de respetar la Carta Magna, todo son voces del respetable; con injurias no. No hay derecho a tener un doble rasero.

Y la verdad es que el Episcopado catalán no se merece la persecución orquestada por un sector de Iglesia beligerante y plumas que se doblegan a sus dictados. Hay otros muchos intereses al respecto.

No es fácil olvidar la furibunda campaña de la COPE en tiempos de Losantos para con el cardenal de Barcelona y la Iglesia catalana. La misma que desde El País y otros medios han venido manteniendo contra la cúpula de la Conferencia Episcopal.

No es de recibo que a los obispos catalanes se les tache de independentistas. Trabajar en aquella sociedad en donde la increencia se ceba de forma particular no es tarea fácil. Se hace más difícil con la incomprensión de una parte importante del Episcopado español que sigue alimentándose de un imaginario colectivo peligroso, muy peligroso, y que ha puesto la punta de lanza en todo lo que se mueva del Ebro para arriba.

La pasión evangelizadora la comparten todos los obispos. Lo que no hay por qué homogeneizar es al sujeto que ha de ser evangelizado. Y a nadie escapa que la riqueza mutua será mayor en el diálogo, pero que no saquen de quicio las palabras de Taltavull y Novell.

"Son obispos, señores, un respeto". Esto me decía hace poco un señor periodista, muy conservador y agradable, con motivo de una leve crítica a un obispo porque se había empeñado en hacer alguna cosa no muy legal. Y me decía: "Aunque se equivoquen, son obispos". Pero en este caso, no se han equivocado…