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Dicen que hay amistades que se forjan cuando aparece un enemigo común lo bastante fuerte como para que no pueda ganarlo uno solo. Pero por lo común esas amistades duran lo que se tarde en batir al peligroso vínculo que les une. En España el enemigo común podría ser la crisis, pero nadie se ha dado la mano para aliarse contra ella, nadie encuentra el camino que le lleve al otro y el otro nunca quiere recorrer para nada un camino a medias. Suele pasar que cuando no se estrechan las manos lo hacen las miras. Y mira.

Años y años de más de lo mismo y nada. Medidas y medidas sin dar la talla. Recortes y recortes y todo cada vez más pequeño. Palabras y palabras aplastadas contra lo que se va haciendo. Soluciones y soluciones avivando el problema. Errores y errores batiendo el fracaso, que cuaja por barrios, desgajando familias. Pasa que el enemigo es muy grande, que no puede uno solo, que no puede nadie, que no se quiere ayuda, que se nos viene encima el rescate, que el rescate no evita el ahogo, que asfixia más tarde y más fuerte, que Europa es políglota pero sólo habla el dinero, que no falta tanto como sobran intereses por retenerlo. Pasa que el enemigo es el sentido común, que el enemigo común es la razón, que parece que es contra lo único que se lucha a la vez, todos juntos, desde el mando y opositando, con el poder o buscándolo, todos juntos contra todos y mientras la crisis, que no tiene nombre de mujer pero sí la fuerza de un huracán, arrasa y arremete programadamente imparable.

Hay luchas perdidas de antemano. Batallas sin guerra. Hay enemigos para los que no se han diseñado balas. Enemigos que impunemente desbastan. Que destruyen con cada paso y que siempre hacen todo el camino. A veces es la naturaleza que no entiende de mapas. A veces es la avaricia que no entiende de nada.
Pero qué diferente sensación la de levantar las piedras que ha derribado un desastre natural a la de tener que sacárselas de encima tras el desastre connatural a algunos. Qué diferente sentirse vivo, tras la furia ciega de un huracán a la de sentir cómo vivir entre los dientes de una incapacidad que muerde insaciable.

También es que EEUU es un país experto en calibrar la dimensión de su enemigo y no duda en darse la mano siempre que haya que luchar o reponerse de alguno. Aquí, en cambio, somos más de calibrar el error del otro y esperar la oportunidad para perderla, eso sí, con personalidad. Aquí luchamos entre nosotros para ver quien pierde luego contra el monstruo.