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Mientras asimilo (anonadado) los tan recalcitrantes como hediondos acontecimientos del presente desde el prisma de mi enquistada pertenencia al poco selecto club de españolitos expoliados y posteriormente fustigados con el látigo de la burla, un torbellino de buenas noticias viene a remover los cimientos de mi -hasta la fecha atribulado- sinvivir.

La primera buena nueva hace referencia nada menos que a ese pulcro personaje impregnado de cierto misticismo contemporáneo que atiende por Alberto Ruiz Gallardón, quien ya antes de deslizar sus impolutas suelas por alfombras ministeriales destacaba como elegante Fred Astaire de la política, interpretando en los salones del poder piezas heterodoxas que le posicionaban en la destacada aunque dudosa categoría del verso suelto, subrayando en cada actuación el abismo que le separaba de la imperante prosa, siempre más chusca, de sus compañeros de ideología. Con sus canas onduladas y su mirada altiva ha sabido representar lo mejor de la tradición de la familia bien, ornándola con el valor añadido de quien reconoce las cosas como son y las llama por su nombre. Un pimpollo.

Una vez elevado hasta la ansiada cumbre ministerial, y tras sortear algunos problemillas con los expendedores de justicia, así como con los consumidores de la misma - en el fondo malentendidos debidos a la carencia de sensibilidad artística del vulgo unida a la falta de criterio de magistrados y letrados-, ha producido por fin su primera obra maestra de calidad sublime: utilizando con pericia ese mecanismo tan democrático y transparente del que gozan los gobiernos españoles conocido familiarmente como indulto, ha librado de la cárcel a un pobre muchacho cuyo único pecado consistió en circular deportivamente en contra dirección, con la mala fortuna de que el choque frontal contra un inoportuno aguafiestas, que además resultó muerto, le estropeara el día, que hasta ese momento había transcurrido de manera excitante y dichosa.

Lamentablemente, esta ejemplar actuación indultiva por parte de nuestro héroe no ha tenido la relevancia mediática que hubiera sin duda merecido, y esto es así por mor de las travesuras cometidas contemporáneamente por un ex tesorero de su partido, y otros boicoteadores, que se empeñan en perpetrar pequeños deslices, y lo que es peor, en dejar insensatamente huellas de ellos, con el único objetivo de quitar protagonismo al envidiado y nunca suficientemente galardonado prócer hiper gallardo.

La segunda noticia que ha dado alas a mi euforia hace referencia a la firme promesa por parte de nuestros más admirables y solemnes partidos políticos, en el sentido de que por fin van a hacer un pacto nacional para acabar con la corrupción. A mi primera reacción de romper a reír, convencido de que era una nueva broma de sus señorías, cargados siempre de gracejo, siguió una iluminación: parece plausible que al ser esta la decimoseptima vez que hacen tal promesa, y al coincidir el número no solo con mi favorito en la ruleta, sino también con la cantidad de entidades autonómicas que a su vez proclaman tímidamente por enésima vez que quizás con el tiempo adelgazarán sus rollizos cuerpecitos serranos, pudiera suceder que la promesa se cumpla, aunque sea quizás motivada por algún fallo en el mecanismo electrónico de votación o por puro despiste de algún desorientado grupo de incompetentes, que de eso no falta. Es posible por otra parte que el adelgazamiento autonómico acabe llegando inopinadamente por la expeditiva vía del desgajamiento físico de una de las autonomías más punteras y que hasta la fecha no había decepcionado a la hora de aportar choricetes al cotarro general, quedando con ello limitado a dieciséis el número de tetas habilitadas para disfrute de mamones de libre designación (toda vez que la ubre secesionista se supone arrastraría a su nuevo dominio su propia – y selecta- clientela de chupones).

Y por fin la tercera noticia alentadora; aunque en realidad no estoy seguro de no haberla soñado (duermo con la radio puesta y a veces me lio), es tan esperanzadora que me decanto por fantasear con la idea de que sea cierta: se estarían ya resolviendo los últimos flecos que impiden la inauguración del ascensor mahonés (ADN), con lo que la infraestructura será operativa desde el primero de mayo.
No quepo en mí de gozo.