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El año ha empezado con una ración de mal tiempo que está acabando con muchas paciencias. La lluvia de parados no cesa a pesar del pequeño paraguas del maquillaje estadístico que genera la reducción de afiliados a la Seguridad Social. El charco es ya tan profundo y oscuro como la frase que me soltaron hace poco hablando del tema, "no vale la pena salir a buscar trabajo, es inútil, no hay". La economía continúa inmersa en el más intenso de los fríos, casi congelada. Además, cada recorte, cada decisión adoptada desde despachos climatizados provoca que baje un grado la temperatura. El insoportable viento de la corrupción política se está convirtiendo en un tornado cuyas consecuencias aún están por verse. La justicia se enfrenta a esta violencia eólica mal oliente con la casa de paja del primero de los tres cerditos. Es decir, desbordada por completo. Además sopla desde todo tipo de direcciones: páginas web de fundaciones sospechosas desde el mismo momento de su concepción, tesoreros con tesoro enterrado en Suiza, bribones reales, izquierda, derecha, centro... El viento, el frío y la lluvia son elementos molestos, angustiosos, pero si se unen con una intensidad determinada provocan unas condiciones meteorológicas que se convierten en insoportables. Lo que se conoce como un señor temporal. Estar parado o rodeado de parados, sufrir recorte tras recorte y contemplar el espectáculo de piratas con asesor fiscal en lugar de espada genera en la calle una situación en la que solo faltan rayos y truenos. Aunque quizá no falte mucho para que lleguen, con el riesgo de que caigan donde no deben y provoquen algún incendio de dimensiones impredecibles. Porque todo tiene un límite, y lo de poner buena cara al mal tiempo cada vez resulta más complicado. Maldito invierno.