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En una misma fecha, el pasado día 30 de abril, y en dos distintos periódicos de ámbito nacional, "El País" y "La Vanguardia", se ha destacado con grandes titulares, en las páginas de información y en las de opinión (editoriales incluidos) la noticia de que el ya exconsejero del Banco de Santander, el señor Alfredo Saenz, cobrará 88 millones de euros por su plan de pensiones y otros 11 millones por un seguro de vida, prácticamente cien millones en números redondos. Por esas mismas fechas y en casi todos los medios se informa de otras pensiones multimillonarias que se habían autoasignado de forma irregular algunos otros altos directivos de Caixa Penedés, todos ellos pendientes de juicio.
Esas cifras que todos los medios califican de astronómicas aparecen en las mismas páginas y pantallas de televisión junto a otras referidas a sueldos y salarios que perciben los funcionarios y trabajadores de este país y lo mismo ha de decirse de las pensiones de los que ya se han jubilado. Al paso que vamos los llamados mileuristas van a ser considerados casta privilegiada al lado de los que cobran sueldos o pensiones que rondan en torno a los 500 y 600, a veces menos. Y luego está el drama del paro generalizado que en este momento afecta a más de seis millones de españoles

El calificativo astronómicas que se emplea habitualmente cuando se informa del volumen de las pensiones millonarias o ultramillonarias se puede aplicar con mayor motivo a la distancia que va entre lo que embolsa el señor Saenz a la hora de retirarse y lo que ingresa el pensionista medio al llegar a su jubilación. Alguien tendría que explicar (explicar, no justificar) por qué se ha llegado a esta situación y cómo va a ser posible sostenerla por mucho tiempo sin que se produzcan grandes estragos en el tejido social de nuestro país.
Más allá de las cuestiones legales y las de carácter penal ("Se podrá ser delincuente y banquero sin complejos", escribe en "El País" José María Mena, exfiscal del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña) en las que no voy a entrar, importa mucho más, a mi entender, la que afecta a la difícil convivencia pacífica de una comunidad en la que se dan tan enormes desigualdades en un clima crispado como el que está generando la crisis en la que andamos metidos. Es inevitable y casi instintiva la comparación entre el régimen de vida de los que pasan hambre, o a duras penas se limitan a subsistir, y el derroche escandaloso de los que cuentan el volumen de sus ingresos por millones de euros.

Insensibles al dolor ajeno, que pueden conocer bien porque está ya en la calle, podrán sentirse amparados por la ley -por una ley evidentemente injusta- los que acumulan tales fortunas sin que se pueda saber a punto fijo cual ha sido su aportación al bien común y qué "proezas" han realizado en su quehacer profesional para merecer un tan ostentoso enriquecimiento en unos pocos años al servicio de la banca que no al servicio del país. El señor Alfredo Saenz podrá ser el mejor banquero de España y de Europa como le ha calificado un eufórico Emilio Botín, pero, como escribe el fiscal Mena en "El País" de hace pocos días, es necesaria la honorabilidad para ejercer la profesión de banquero. Seguro que serán muchos los que estén de acuerdo con lo que afirma el fiscal. Es poco probable, en cambio, que la multitud de pensionistas y de trabajadores sin trabajo compartan la muy generosa opinión del presidente del Banco de Santander.