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Las historias de éxitos no suelen ser tan interesantes como las de fracasos. El fracaso es más literario, más atractivo. La llegada de Scott y sus compañeros al Polo Sur solo un mes después de que Amundsen hubiera plantado allí su bandera y la muerte por hambre y frío durante el regreso tienen una grandeza dramática difícil de olvidar. Pero también hay historias de éxito que nos admiran y nos intrigan. Por ejemplo, la de los judíos. ¿Por qué los judíos han tenido tanto éxito, durante tantos años, en campos de trabajo tan distintos y sobre todo en las actividades intelectuales?

Para no remontarnos muy atrás en el tiempo, son judíos tres grandes personajes que definen todavía hoy la cultura de nuestra época. No podemos entender el cambio social, las claves del mundo físico o los secretos más profundos de la personalidad individual sin referirnos a Marx, a Einstein y a Freud. Tres judíos.

Si no queremos movernos en un plano tan elevado podemos referirnos a judíos contemporáneos y un poco menos ilustres. Por ejemplo, a Henry Kissinger, el secretario de Estado norteamericano que revolucionó la política internacional de los años setenta con la apertura diplomática a China, o a Mark Zuckerberg, creador de Facebook, o incluso al señor Arthur Ochs. ¿Arthur Ochs? Este desconocido controla el periódico más importante del mundo, el "New York Times".

Claro que también podríamos nombrar a Sheldon Adelson, el magnate de Las Vegas, que amenaza con encerrar a los madrileños de por vida en un modelo económico de ladrillo, humo y ruletas.

¿Premios Nobel? En el siglo XX lo consiguieron un centenar y medio de judíos y llama la atención que fueran galardonados en todos los campos. Han sido Nobel de la Paz, de Economía y de Literatura, pero sobre todo de Física y Química y Medicina. En algún lugar he leído que el 22 por ciento de todos los premios Nobel son judíos. Un Nobel de cada cinco es una cantidad considerable.

¿Un poco más abajo? ¿Directores de cine? Tal vez el hipocondríaco Woody Allen es el más conocido ahora. Y además muestra su condición de judío y el humor, la neurastenia y las tradiciones judías aparecen con frecuencia en sus películas. Pero judíos son también Billy Wilder ("El apartamento"), Stanley Kubrick, Ernst Lubitsch ("Ser o no ser"), Steven Spielberg y Roman Polanski.

¿Demasiado elevado todavía? ¿Quién no ha oído hablar de los diseñadores Calvin Klein, Ralph Lauren y Levi Strauss? ¿O, en el mundo de la cosmética, de Max Factor, Estee Lauder y Helena Rubinstein? La lista podría alargarse muchísimo, claro está, pero para quien observe que faltan las mujeres no la terminaremos sin citar a Simone Weil, Hannah Arendt o Golda Meir.

¿Cómo se explica tanto éxito? Podría tratarse de algo biológico? Según la definición aceptada durante siglos es judío el que ha nacido de madre judía. ¿No podrían haberse transmitido a través de la herencia algunas características especiales del grupo? Pero este planteamiento es muy delicado precisamente por tratarse de los judíos. Hablar de características físicas distintivas del grupo se acerca peligrosamente a la idea de raza, que no es la más adecuada para referirse a quienes estuvieron al borde del exterminio precisamente por el delirio racista. Pero no hay que preocuparse. Todos los intentos que se han realizado, utilizando las técnicas más avanzadas, para dar con un gen que diferenciaría a los judíos han fracasado. No se ha encontrado ni hay un "gen judío", palabra de Richard C. Lewontin, catedrático de Biología de la Universidad de Harvard, judío.

Si no encontramos la explicación en la biología habrá que buscarla en otro lado. Una muy sugerente atribuye las raíces del éxito a un cambio radical que se produjo en la religión. Desde los tiempos más antiguos la religión judía estaba centrada en los ritos y las ceremonias, pero después de la destrucción del Templo de Jerusalén pasó a tener como eje la lectura de las Escrituras y el estudio de sus interpretaciones. Para participar en la comunidad de los creyentes era imprescindible saber leer. La lectura se convirtió así en un deber esencial de los judíos y los padres tenían la obligación de enviar a sus hijos desde los seis años a la sinagoga para que aprendieran a leer y escribir.

El dominio de la lectura y la escritura en un mundo de iletrados les dio una ventaja clara ya que podían redactar documentos, interpretar leyes, llevar las cuentas, comunicarse con lejanos mercaderes. Ciertamente, ser una minoría educada puede explicar la concentración de judíos a lo largo de la historia en una serie de profesiones: comerciantes, artesanos, médicos, financieros. Pero estamos hablando de algo que ocurrió hace muchos años y necesitaríamos conocer mejor cómo ha sido la educación en las familias judías a lo largo del tiempo y por qué ha producido estos resultados. Y quizá la educación tampoco baste para explicar el éxito de tantos individuos, durante tantos años y en actividades tan diversas.

No puede haber una explicación sencilla. Quizá esta minoría aislada, perseguida, obligada a sobrevivir en un ambiente hostil y amenazador, creó redes de apoyo mutuo que facilitaban la información y el acceso de sus miembros a las ocupaciones en las que destacaban. ¿Influyó la prohibición de ejercer determinadas profesiones en que se concentraran en otras? ¿Les llevó la prohibición de estudiar en la Universidad y ser profesores a desarrollar su creatividad en otros ámbitos de la cultura? Es lo que pensaban Stefan Zweig y el gran sociólogo Norbert Elias, judíos ambos, por cierto.

Divago sobre todas estas cosas mientras se reanudan en Jerusalén las conversaciones de paz entre israelitas y palestinos. Dicen que es el problema político más difícil de nuestro tiempo. En Israel viven el 43 por ciento de los judíos del mundo. Hay que desearles éxito.