TW
0

Esta semana he estado demasiado ocupado con mi negocio (gracias a la Regata Panerai) como para rematar honrosamente un artículo serio y riguroso, digno de ser presentado a mis amables y sufridos lectores. He decidido por tanto, y tras mostrar públicamente mi agradecimiento al Club Marítimo de Mahón (y a quien corresponda) por el regalo que ha brindado a nuestros sentidos este museo flotante, y por la oportunísima derrama de pasta que aportó el evento a nuestras mahonesas buchacas, he decidido, digo, practicar para la ocasión un descarado copiar-pegar de un extracto de mi libro inédito (e inacabado) que lleva por título "Cómo ser un perdedor Digno y Sostenible" donde intento orientar a los perdedores (como yo mismo) por el intrincado camino que conduce a la felicidad, sin forzar demasiado la máquina.

CAPITULO VI
EL PERDEDOR Y EL PROGRESO

¿Puede un perdedor prestar servicio útil a la humanidad?
Uno de los aspectos menos investigados de las características diferenciales entre triunfadores y perdedores es aquel que analiza la contribución de ambos segmentos de población al progreso. Soy de la opinión de que las aportaciones de los perdedores son, al menos cuantitativamente, superiores en este campo. Algunos ejemplos pueden ilustrar esta afirmación tan categórica como posiblemente irrefutable.

Casi todos los útiles de trabajo que se utilizan actualmente en el sector de la construcción son invenciones de perdedores. No me refiero a la maquinaria pesada, que por regla general ha sido, si no ideada, sí gestionada por triunfadores, sino a las herramientas menudas de todo tipo (desde el martillo al serrucho, del tornillo al alicate).

El perdedor gusta de "perder" (entre otras cosas) el tiempo generosamente. Una de las maneras más comunes de cumplir con esta tarea consiste en parase a observar cómo trabajan los operarios en las obras. Esta actividad (o inactividad) viene desarrollándose con éxito desde los primeros perdedores Neandertal hasta nuestros días (y que dure, añadiría yo si me permite el lector la franqueza).

La observación de los esfuerzos ajenos ha dado pistas a algunos perdedores avispados sobre la lógica de los encofrados, la física de los desprendimientos, las mecánica de los apuntalamientos, la problemática inherente a el desplazamiento y elevación de cargas etc, y han ideado, para facilitar los trabajos, soluciones que evolucionaron hacia las herramientas y procedimientos que hoy utilizamos. Y no sólo en el campo de la construcción. Podríamos decir lo mismo sobre los telares, los útiles de cocina, juguetes, abanicos, botijos y botas. O sobre los artículos de caza o de higiene; qué decir de artilugios como la hamaca, los zuecos, el orinal. La boina tampoco supone un desdeñable hallazgo. La lista es interminable. ¿Quién coció el pan por primera vez? ¿Quién fue pionero en cortarlo en dos partes y añadir chorizo entre ambas mitades? ¿A quién se le ocurrió inventar el anzuelo? Con toda seguridad a un perdedor con ganas de comer pescado. Se cuentan por millares las invenciones que las perdedoras y los perdedores han ido acuñando a lo largo de los siglos para beneficio de la humanidad.

Una significativa cantidad de nuevas mejoras espera ser descubierta por los perdedores. La última conocida, y muy relevante, es el acoplamiento de ruedas a las maletas. Un triunfador jamás hubiera pensado en ello, pues su equipaje siempre fue acarreado por personas a su servicio. Ha sido sin duda un perdedor quien ha dado con la solución para dejar de arrastrar peso por estaciones y aeropuertos (lo que ignoro es si el perdedor que tuvo la idea fue quien la explotó comercialmente, aunque lo dudo). Una mirada desapasionada y rigurosa evidenciará que muchas de estas invenciones tan útiles para la humanidad se caracterizan por la modestia del presupuesto necesario para materializarlas y por la ausencia de grandes o prolongados esfuerzos, como corresponde al modus operandi del perdedor. Coges la maleta, le pones ruedas de patín y a tirar millas: millones de personas beneficiadas por la ocurrencia.

Sí, definitivamente, un perdedor puede (y de hecho lo hace a menudo) contribuir sin esfuerzo al avance de nuestra sociedad.

La especialidad (y no es moco de pavo) de los triunfadores consiste en comercializar dichos inventos. Para ello no tienen más que contratar a perdedores con ambiciones de triunfo que hagan el trabajo de organización, fabricación y venta. Esto sin duda también contribuye al progreso de la sociedad, pero necesita del concurso de individuos portadores del virus del trepador, a quien hay que saber manejar y presionar con "objetivos". Es además imprescindible manipular el mercado y crear en la población nuevas necesidades. No digo que esté mal, pero no recomiendo a un perdedor que emprenda este camino en apariencia tan sencillo. A veces esconde dificultades insospechadas que pueden llevar al perdedor a liquidar su paz interior, que como sabemos constituye su bien más preciado.