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Los entresijos del entramada turístico siempre me han resultado difíciles de comprender, quizá porque soy reticente a concebir los movimientos geográficos estacionales de los humanos como actitudes grupales similares a las de los estorninos. Comprendo, hasta allí llego, que con campañas sobre Menorca a través de touroperadores se logra que en países concretos aumente la afluencia de turistas, sobre todo si se les pone el avión en la puerta de casa (es la clave).

Lo que menos entiendo es cuando los actores turísticos generalizan, y dicen, por ejemplo, que el alemán se interesa por la naturaleza y el ruso es un turista de calidad. Hombre, habrá de todo, ¿no? No comprendo por qué en el Reino Unido no puede haber personas con un buen sueldo y ganas de respirar el aire puro de La Vall. ¿Qué factor ambiental hace que los súbditos de la Reina Isabel solo quieran espachurrarse al sol y comerse un yogur a tres manos? Ahora nos saturan con aquello de que los rusos, los malos de las películas de los años ochenta, son turistas de calidad. ¿Todos? ¿No hay rusos con la misma discreta capacidad económica que los británicos de 'todo incluido', cerveza marca blanca y asalto al buffet? Digo yo que no todos los rusos vendrán quitándose el sudor con fajos de billetes de 500.

No obstante, la mayor de las inquietudes que me suscita esta constante generalización mercantilista del género humano es... ¿Es un servidor un turista de calidad? ¿Vienen conselleras de otros países a buscarme? ¿Me desean los empresarios de otras latitudes? No voy comprando fincas por donde paso pero tampoco comparto bocadillos de chopped con mis hijos (a poco nos tocaría a cada uno) en vacaciones. Quiero saberlo, porque nada me gustaría menos que molestar en lugares ajenos por mi falta de calidad.