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Dice una noticia reciente: «Hallan al animal más viejo del mundo, 507 años, pero lo matan al investigarlo». Cuando nació la criaturita, Miguel Ángelconcluía su escultura de La Piedad en la Basílica de San Pedro, y Cristóbal Colón acababa de descubrir América. Mira que han pasado cosas, desde entonces. La Almeja Árctica Islándica, un molusco bivalvo, la ha palmado a manos de unos científicos que querían saber su edad con exactitud. Bueno, puede que estuviese más aburrida que una ostra, pero no deja de causar estupor el desenlace de tan longeva existencia.

Woodsworth dijo, en uno de sus poemas, que matamos la belleza para disecarla. Para estudiar la flor, muchas veces, la destrozamos. Los excesos del racionalismo chocaron hace tiempo con mentes lúcidas y sensibles, como las de William Blake, Herman Hesse, Omar Kheyyam, san Juan de la Cruz y muchos otros...

El amor a la belleza requiere cultivar la contemplación. Pero nosotros hemos llegado a ser tan megalómanos, hiperactivos y analíticos, que queremos cambiarlo todo sin contemplaciones, adaptándolo a nuestra voluntad o a nuestros intereses particulares.

El conocimiento es necesario, pero no es suficiente. No es buena una ciencia sin conciencia. Ni una mente sin escrúpulos. Necesitamos un sentido, unos límites que respetar. Conocer puede ser una forma de amar y de mejorar la vida. Pero también hay saberes que matan.