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Solo cuando pasan estas cosas te das cuenta de que estás en una ratonera y no puedes salir. Este era el lamento, no por repetido menos cierto, de uno de los pasajeros que se pasó este domingo, la víspera de Reyes, esperando a zarpar con el buque Sorolla de Acciona. Más de seis horas de espera con falsas esperanzas de embarque para después, a las diez y media de la noche, encontrarse agolpados en las ventanillas de la naviera a la espera de una solución. Y no era fácil. Gente con coche, con exceso de equipaje para volar, con perro..., el usuario del barco es heterogéneo y una de las razones por las que elige este medio es precisamente esa, ir un poco con la casa a cuestas, sin las estrecheces y restricciones de las aerolineas.

Pero la historia siempre es la misma, sea por mar o aire, con el agravante de que en la terminal marítima, y más en invierno, no hay nada, ni te entretienen con un vale para que ahogues tu rabieta y frustración en un café, un bocadillo o un refresco.

Pero si no nos informan de nada, oiga, ¿cómo nos van a dar de cenar? se quejaban entre desesperados e irónicos los viajeros del superferry. Y es que las compañías en estos casos siempre optan por una política que no entiendo y que solo contribuye al mosqueo generalizado de sus clientes, y es la de ir dando plazos, prolongando la agonía, en lugar de informar de lo que sucede. Cualquier persona puede entender que una avería ocurre, sí, es mala suerte que toque en tu viaje, pero así son las cosas, y la mayoría prefiere quedarse en tierra a escuchar ruidos extraños aferrándose al brazo del vecino de asiento en un avión o a navegar con una vía de agua en un barco. Nadie se la va a jugar por mucha prisa que tenga, la mayoría de la gente puede ser razonable en estos casos, así que ¿por qué no dicen las cosas claras desde un principio?