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Era un equipo de gama media. Tardaba un poco en arrancar, pero su funcionamiento era más que aceptable. «Sobre todo, no te rías cuando lo veas porque me ha llevado tiempo conseguir que haga lo que realmente quiero. Ya sé que se podría mejorar mucho, pero es perfecto para mi trabajo», me manifestó un amigo al mostrarme un programa que él mismo había creado mediante una sencilla base de datos Access y que le permitía gestionar sus contactos e incidencias mostrando unos completos resultados analíticos totalmente adaptados a sus necesidades. Sencillo, pero eficaz.

Mi respuesta fue clara: «No tengo ninguna duda. Este es el mejor programa del mundo».

Su cara reflejó una mezcla de sorpresa e incredulidad, con lo que me apresuré a argumentar mi respuesta.

Las aplicaciones y sistemas que pueden crearse hoy en día, gracias a la evolución de las herramientas de desarrollo, son realmente espectaculares. Es posible crear software que pueda funcionar en multitud de dispositivos diferentes, accesibles desde cualquier lugar del mundo en tiempo real, resolver procesos sumamente complicados en milésimas de segundo los cuales un humano podría tardar semanas o meses o, incluso, no poderlos resolver por sí mismo.

Pero lo que nunca tenemos que olvidar los desarrolladores es que, por mucho que evolucione la tecnología, por mucho que podamos crear software cada vez más complejo y en nuevos dispositivos que ahora mismo no somos capaces ni de imaginar, al final solo hay una cosa que marcará el éxito o el fracaso del mismo: Que lo que hayamos creado, satisfaga la necesidad del cliente.

Independientemente de que sea un potente sistema para la predicción de las evoluciones en bolsa o simplemente una app para móvil que te ayude a realizar tu plato favorito. Cada uno de ellos debe cubrir las expectativas del usuario y, a ser posible, superarlas.

Lo que me enseñó mi buen amigo era una aplicación sencilla. Que a nivel de arquitectura y lenguaje era claramente mejorable, pero que realizaba a la perfección lo que él esperaba del mismo. Ni más ni menos.

Y es por ello que, al menos para él, aquel era el mejor programa del mundo.