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Según un proverbio escocés la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz. Claro que ante lo abultado de los recibos de hoy en día cuesta mucho esbozar una sonrisa; más bien nos entran ganas de llorar. Según parece la luz nos cuesta a los españoles millones de euros cada año, o dicho de otro modo las eléctricas tienen millones de euros de beneficio, y seguramente podrían ponérnosla millones de euros más barata. Si vamos a pensar lo que es un millón de euros comparado con un millón de pesetas, tendremos la medida de lo pobres que somos la mayoría de los contribuyentes, de quienes se dice que estamos sacando el país adelante. Lo malo es que continuamos con el agua al cuello, o si quieren decirlo con palabras de «La tabernera del puerto»: «Comiendo y roncando no se enteran los negros de lo parias que son». Pueden substituir ahí negros por deudores de hipotecas, por avalistas o por destinatarios de recibos abusivos. Creo que fue Pizarro quien trazó una línea en el suelo y dijo los que vengan conmigo vamos a forrarnos, los demás a aflojar la mosca a base de recibos del agua y de la luz.

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Ya sé que no fue exactamente así, pero les ruego, simplemente, que echen la vista atrás. ¿Se acuerdan de cuando íbamos a comprar el hielo a la central eléctrica? Había una palanca dentada para cortar las barras de hielo que parecía los negros y afilados dientes del diablo. Entonces la luz se iba una noche sí y la otra también, y nadie sabía adónde iba. Teníamos las velas a mano, los candiles colgados en la pared, y evocábamos tiempos románticos en que se contaban cuentos al amor del fuego o se hacía verdad esta otra frase de Noel Clarasó: «El amor es el único deporte que no se interrumpe por falta de luz». Claro, desde que la luz nos empezó a venir por debajo del mar dejamos de creer en el amor y en los apagones diarios. Ahora, cuando se va la luz, decimos pestes de las empresas que se enriquecen con nosotros, y si estamos en pisos altos nos morimos de miedo atascados en ascensores que hay que bajar con poleas. Lo romántico está bien en las novelas; cuando llega Navidad ya no pasa el cobrador de la luz a pedirnos un aguinaldo, porque el cobrador de la luz es un banco, y ya se encarga de establecer su comisión; cuando arrecia el frío de febrero ya no tenemos aquellos braseros de carbonilla bajo las mesas camilla que parecían constelaciones de brasas encendidas, y el aliento de los aires acondicionados de ahora se nutre con dinero.