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No sé si a usted le pasa pero cuando leo un libro o veo una película me meto tanto en el papel que llego a sentir al personaje y puedo estar afectada o bajo los efectos del protagonista durante unos días, el mes entero, o quizás toda una vida como creo que me va a pasar con la película italiana «La Grande Bellezza». También descubro que algo del film forma parte de mi personalidad. No haré una disertación ni crítica al respecto sino que destacaré lo que más me ha hecho identificarme con ella: pasear, callejear por las ciudades y pueblos, sin rumbo y sin reloj, y observar sus gentes, sus paisajes, escuchar conversaciones espontáneas, oler el palpitar del lugar.

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Podría pasarme horas en un café, en un aeropuerto, en la estación de tren observando el comportamiento humano: cómo se expresan, visten, miran, hablan, en fin cómo se comunican. Observar lo que se mueve alrededor es descubrir la riqueza y la diversidad. Me gusta mirar mis plantas, estratégicamente colocas en cada rincón de mi casa. Cada planta que adquiero es una locura, soy tan empática con ellas que las considero «mis niñas». La última me la traje de Valencia, de la casa familiar. El cachorro de mi hermana arrancó jugando 7 hojas de raíz. La causa perfecta para ponerlas en agua y así llevármelas el día de mi partida hacia Menorca. Una vez en tierra las plantamos todas en casa, en una confortable maceta roja. La combinación cromática perfecta. Y esta planta que heredó mi padre, era de su madre, mi abuela, y de su abuela, mi bisabuela, y así el árbol genealógico... Quizás sea centenaria, pero aunque no llegue a los 100 años me gusta pensar que los tiene y que yo soy la siguiente generación. Es mi gran belleza recreándome en ella sentada como una india. Belleza e historia se mezclan. Ha cuajado bien en la nueva tierra y en mi hogar y eso me enorgullece aún más. La gran belleza no se encuentra en lo que posees sino en el sentimiento que le transfieres.


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