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Tengo apuntada una frase por ahí: «Un hombre que no tiene miedo puede hacer lo que quiera». Hacer lo que uno quiera es algo importante; significa nada menos que poder ejercer la libertad. Paul Éluard describió como nadie la libertad en un poema del mismo nombre que acaba diciendo: "Je suis né pour te connaître, pour te nommer, liberté". He nacido para conocerte, para nombrarte, libertad. Miedo y libertad, menudo cóctel. «Si tienes miedo, a nadie lo reveles», dice el refranero. Y sobre la libertad asegura: «Prefiero libertad con pobreza que prisión con riquezas». Los que ya somos viejos sin eufemismos sabemos algo del miedo y de la libertad. Hubo un tiempo en este lugar una juventud algo desnutrida que creció bajo el signo del miedo. Blas de Otero decía: si he perdido la vida, el tiempo… me queda la palabra. Miedo y libertad también son palabras. Nunca me gustó que me pegaran en el colegio, y sin embargo me pegaron bastante. Los niños de entonces tenían miedo y no era para menos; podían descalabrarte de un guantazo y mandarte al infierno por haber soñado una novia desnuda. Parecía que el miedo era la medida de todas las cosas. El cielo debía de ser la libertad: poder comer todo el chocolate que quisieras, no tener que ir a clase, tumbarte en una hamaca y comerte un plátano cuando tuvieras hambre y, sobre todo, que no te llamaran inútil por no saberte el a, ante, bajo, cabe, con, etc. Incluso cuando fui mayor y era profesor de un instituto le oí decir al director que la disciplina era el caballo de batalla de los padres. No creo que muchos supieran entonces lo que realmente era un caballo de batalla en la Edad Media: era la fuerza bruta de los caballeros frente al desamparo de los soldaditos, los peones de a pie, casi desnudos. En todas partes –y en todas las épocas— pelan habas.

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Un día, como quien no quiere la cosa –for no particular reason como dirían en inglés— apareció en los televisores la imagen del Príncipe Juan Carlos convirtiéndose en Rey de España. Era una imagen en blanco y negro que con los años se volvió de color. Dijo que comenzaba una nueva etapa de la historia de España y tuvo razón. Esto debía de apuntar hacia la tan cacareada libertad; y en efecto, cuando los escolares de la ESO invadieron las aulas el profesor pasó de dar los sopapos poco menos que a recibirlos. Ni tanto ni tan calvo. Parece ser que ahora mismo apunta una nueva etapa en que continuará habiendo miedo y a lo mejor hasta libertad, pero no se lo digan a nadie.