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Uno de los lemas de la escritura creativa que yo no me canso de subrayar en los talleres es que a la hora de narrar es preferible mostrar a decir o explicar. O como reza el dicho de los novelistas anglosajones, «Show me, don't tell me». Esta norma esencial (si es que se puede aquí, en el arte literario, hablar de normas) no quiere decir otra cosa que cuando se va a contar una historia es mejor hacerlo a través de imágenes concretas que hablando de estados mentales y/o sentimientos. De lo contrario, ese mundo de abstracciones deja al lector en un limbo, rebuscando entre sus propios recuerdos y conceptos, del que luego cuesta mucho sacarlo.

Se podría escribir que «Luis estaba muy, muy despistado aquellos días»; pero nos costaría más ver el nerviosismo del personaje que si utilizásemos algo como esto: «Luis no sabía ni lo que hacía. Abría la nevera en busca de un futuro mejor y encontraba allí un par de zapatos que la noche anterior, por error, había depositado entre los tomates cherry y el queso emmental. Salía de casa con la hora justa y la mayoría de las veces, perdía el tiempo intentando cerrar la puerta de su casa con el cargador del iPad». En este segundo caso veríamos un poco mejor al personaje y sus conflictos (otro elemento indispensable que estudiaremos en clase), y dejamos así que sea el lector quien saque sus conclusiones.

La regla no falla. Si quisiéramos hablar, por ejemplo, de nerviosismo político no nos valdría con escribir algo como esto: «José Ramón Bauzá, el entonces presidente de Balears, estaba muy, muy nervioso en aquel tiempo de decadencia de un Gobierno que, había quedado demostrado, no escuchaba a los ciudadanos. Su gran apuesta educativa, el TIL, había ido a la basura y estaba desautorizada por vía judicial; las prospecciones petrolíferas que negociaban con grandes empresas eran una señal clara de las desvergüenzas de su partido; la corrupción, el menú del día y aún había otros destrozos en marcha, como las obras de la carretera general de Menorca, que iban a transformar el paisaje de una forma irreparable, innecesaria y en absoluto acorde con su esencia de Reserva de la Biosfera. Por suerte, los ciudadanos se movilizaron y consiguieron frenar aquel despropósito».

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Aquí sabemos que el personaje está nervioso pero no lo 'vemos'. Tendríamos que esforzarnos un poco más para crear esta ficción: «José Ramón Bauzá se levantaba como un resorte aquel año de 2014, justo antes de la caída definitiva del Partido Popular y del fin del bipartidismo que durante décadas se repartió el pastel en España. Encendía la radio a la vez que ponía los pies en el suelo y de camino a la ducha iba escuchando de fondo las desgracias que el Gobierno que encabezaba iba dejando a su paso. Se hablaba del TIL a esa hora tan temprana, con las luces del amanecer entrando sigilosas por la ventana de su piso con vistas a la Catedral de Palma: ese proyecto lingüístico que no había salido adelante porque estaba planteado de manera ilógica y de espaldas a la comunidad educativa, pero que se empeñaban, contra viento y jueces, en imponerlo alegando la legitimidad de unas urnas que nunca más volvieron a conquistar. Bajo el chorro del agua, sin poder canturrear como antaño, escuchaba también las críticas a su última hazaña, unas obras absurdas y desproporcionadas en la carretera de Menorca que por suerte quedaron paralizadas poco tiempo después. Los favores son los favores, mascullaba José Ramón mientras buscaba su albornoz granate con esas manos finas cuya manicura había descuidado ya a base de mordiscos. De esa guisa repasaba la prensa del día que ya le había dejado alguien del servicio en la mesa del comedor y casi siempre, alguna página con algún artículo irritante quedaba reducida a pequeños cuadraditos de papel. Entraba luego a grandes zancadas en el vestidor de su cuarto y pasaba un rato moviendo los dedos en el aire como si tocara el piano, tratando de decidir qué atuendo sería el más acorde para comunicar los nuevos movimientos de tierras que tenía previstos para la jornada. En su cabeza se iban dibujando dimisiones (nunca la suya) y al final se decidía por una camisa blanca e impoluta, sin corbata. Se repeinaba un poco más en el espejo del hall, fingía una sonrisa rápida y salía con la gabardina de entretiempo doblada en el brazo izquierdo: había llegado el otoño y empezaba a refrescar».

En definitiva, y con esto acaba este apunte narrativo: más allá de las palabras, no hay que olvidar son las acciones las que nos permiten conocer al personaje.

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