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Tengo un resfriado cruel que no es de resultas de mi reciente viaje a Irlanda; lo pesqué en el Vallès, donde vive mi hijo, y donde los campos amanecen blancos de escarcha, lo mismo que ocurre sobre el mítico campo de rugby o los bancos del Trinity College. Alquilamos un coche automático en el aeropuerto de Dublín y créanme que mi mujer no se abstuvo de regañarme porque me acercaba demasiado a la izquierda, acostumbrado como estoy a conducir por la derecha. Lo mejor del viaje fue la visita a la catedral de San Patrick, donde se encuentra la tumba de Jonathan Swift, el creador de los «Viajes de Gulliver». Ese fue el libro que me inclinó hacia la narrativa fantástica, el primero que me emocionó, y en la catedral irlandesa se puede ver no sólo el púlpito donde Swift predicaba, sino la mesa semicircular que le servía de altar y también de soporte para escribir. Puse la mano sobre la madera pintada de negro y creí verme transportado a mis primeros años, cuando escribía con mango y plumilla sobre una mesa tan destartalada como aquella. Curioso, que una obra sarcástica y de rivalidad política como la de Jonathan Swift sea hoy un clásico para niños…

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También vi la estatua de Oscar Wilde repantingado en el parque. Con su melena y su aire distraído me recordó la primera época de los Beatles, cuando Brian Epstein los hacía actuar con traje y corbata. Otro lugar de culto es la casa de James Joyce, que mira al río Liffey, mucho más tradicional que su obra, con puerta oscura frente al puente angosto que conduce a ella, como angosta y compleja es la lectura de «Ulysses». Para no dejar los paisajes literarios en Limerick, a medio camino entre Cork y Galway, se pueden seguir las huellas de Frank McCourt y de su infancia difícil, aunque quien tiene estatua de bronce en el centro es su paisano Richard Harris. El frío se palpa en toda Irlanda, como la miseria y el desamparo en «Las cenizas de Ángela», sin embargo las casas de campo son lujosas, el paisaje resulta puramente fantástico –me pregunto si Menorca también tiene un paisaje fantástico, aunque tremendamente luminoso-; algunas ciudades como Galway son como vistosas urbanizaciones de montaña, otras como Belfast tienen ecos de la intolerancia entre católicos y protestantes, entre pueblos hermanos, y conserva las pintadas murales y el eco de los disparos. La gente es tratable, casi campechana, y el acento inmisericorde, sobre todo al norte. El norte helado, despiadado, siempre está al acecho de nuestras vidas. En fin…