Le pedí al director de «Es Diari» abandonar durante dos semanas el lateral de la página 16 para instalarme en el centro, además de poder sobrepasar los 2.500 caracteres holgadamente. Se lo pedí lo mismo que un acólito solicita al obispo efectuar la misa en el altar mayor en vez de en uno secundario. El símil viene como anillo al dedo ya que la epístola de hoy requiere la pompa que se le da a un evangelio. Y es que, además, se trata de un episodio religioso de primer orden, sin duda el más asombroso, acontecido a lo largo de mi vida...

Cada verano, en septiembre, cuando la masa turista y el calor desaparecen, mi mujer, mi hija y yo aterrizamos en la Isla. Dos semanas de estancia y el día señalado se regresa a Tenerife. Cada año es un calco del anterior...Únicamente 19 años atrás resultó diametralmente distinto...

Tres días antes de alzar el vuelo de Menorca mi mujer me planteó desplazarnos a Jaén a ver un Cristo –un roatro de 60 centímetros- que lloraba cada viernes, durante el rezo del rosario, en el cuarto misterio de dolor. Sobrevenía tan prodigioso suceso en un domicilio particular, atestado por un revuelo de gente y de medios de comunicación, según contempló en el popular programa televisivo «Missisipi» de Pepe Navarro.

Padecía mi mujer por entonces unas neuralgias agudas que le generaron la fe necesaria para creer que nuestra visita a Jaén podría resultar más beneficiosa que las efectuadas al neurólogo, hasta entonces ineficaces. Me sorprendió porque, aunque creyente, la imaginaba incapaz de una correría ultra como la que quería protagonizar. De todos modos me avine ya que la vi peri dispuesta. Le comenté, sin embargo, tener en cuenta que nuestros billetes no eran permutables por ser de tarifa mini, como llamaban entonces a las reservas económicas. Pero, nada, a pesar de ser ella racional con los gastos, decidió emprender una descerebrada aventura religiosa con un coste de 100.000 pesetas.

Antes de proveernos de los billetes, claro está, llamé al número de teléfono pertinente de Jaén para saber si el viernes nos podían reservar una plaza en el rezo del rosario. Me respondió afirmativamente la voz de un hombre. Viajes Barceló me confirmó el billete para el jueves Menorca-Barcelona-Granada y el sábado a las 8'30 a.m. Sevilla-Tenerife.

Una vez en Granada, en el mismo aeropuerto, alquilamos un vehículo y a última hora del mismo jueves llegamos a Jaén. Pernoctamos en un hotel y el viernes por la mañana nos dirigimos a la dirección correspondiente para reasegurarnos de que no surgirían trabas a última hora.

Nos recibió un matrimonio, ambos rondaban los 50 años de edad. Efectivamente el hombre se acordaba de nosotros, tenía en cuenta nuestra presencia... Antes de despedirnos hasta la tarde salió a relucir que al término del rezo debíamos partir con premura hacia Sevilla -350 kilómetros- ya que a las 7.30 horas de la mañana siguiente, sábado, debíamos personarnos en el aeropuerto. El hombre nos invitó a entrar en el piso, orar al Cristo y partir sin apuros hacia Sevilla, si este era nuestro deseo. Mi mujer, desplazada hasta allí por la fe, no por curiosidad, y partidaria de no ir contra reloj, asintió finalmente. Y yo, a pesar de ser una experiencia única la posibilidad de contemplar una esfinge que llora y ser también creyente, permanecía en un estado neutro, quizá por considerar todavía tal incursión un despropósito.

Entramos

El piso era reducido, de unos 70 metros cuadrados. Nos introducimos en una habitación diminuta, donde se encontraban unos veinte bustos de Cristos de distintas formas, colores y tamaños. El hombre nos señaló el que lloraba, hallado en la basura. Era hueco, económico, idéntico al de la foto, que yo me agencié meses después por solo 100 pesetas. Estuvimos unos diez minutos, recogidos, en silencio, hasta que mi mujer hizo ademán de partir.

En el salón, despidiéndonos, al comentar yo no haber visto por los medios de comunicación los lloros del Cristo, el hombre, amablemente, activó una cinta en el salón para que, si no podía contemplarlo en vivo, al menos lo viera por televisión. Me acuerdo, por el anagrama, que era una emisión del Canal Sur de Andalucía. Se advertía aquel mismo salón repleto, todos rezando, apiñados alrededor del Cristo. De repente prorrumpió con su lloro, en medio del consiguiente asombro. La cámara se infiltró, entre murmullos, hasta tomar un primer plano. Las lágrimas se deslizaban, lentamente, proporcionales al tamaño del busto. Al centrarse en la boca me sorprendió un detalle sobremanera: la hilera de dientes que cubría el labio superior sobresalía más que en la esfinge de adentro. Se lo comenté al hombre. Me explicó que parecía cambiar la expresión con sus sollozos. Pero, claro, dijo, a lo mejor era sugestión...Ni corto ni perezoso me levanté...

-...Con su permiso voy a comprobarlo- dije, deslizándome hasta la habitacioncita.

En el interior, al mirar el Cristo, al encararlo, me quedé patidifuso: estaba llorando, ¡estaba llorando¡ ¡estaba llorando¡ Una lágrima brotaba del lagrimal, otra resbalaba por la mejilla y la tercera se desprendía de la barbilla para ir a caer en un vaso, donde se almacenaban todas las de las semanas precedentes. ¡Grité, obnubilado! ...Acudieron todos desde el salón. Al volver en sí, desvié la mirada. Mi mujer y mi hija estaban abrazadas junto a mí, sobrecogidas, llorando; el hombre y la mujer rezaban, arrodillados...

Cuatrocientos setenta días después el hombre nos telefoneó el dia 1 de enero para felicitar el año nuevo. Le pregunté el motivo de la llamada después de tanto tiempo.

-Me acuerdo mucho de ustedes...Es la única vez que el Cristo ha llorado fuera del rezo del rosario- comentó.

Continuará,...todavía falta algo que relatar.

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