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Abandono con cautela el árbol centenario para ver el telediario y huyo despavorido al contemplar la imagen de un desalmado arrojando a un perro, su perro, por encima de unas vallas. Por lo visto sucesos parecidos ocurren una y otra vez en la vieja piel de toro cuando llegan las vacaciones y los pobres animales molestan e impiden la correcta desconexión de sus dueños, su larga y deseada marcha hacia la diversión a tope, sin las molestas interferencias de esos simpáticos seres que sí, lucen en casa y hacen compañía pero que llegado el momento dificultan el merecido descanso del guerrero competitivo.

Huyo despavorido, digo, para abrazar a Allen, que es un bendito, mirarle a los ojos y prometerle, jurarle si fuera el caso, que nunca, nunca jamás, le haré algo parecido, y no solo eso sino que pienso seguir acunándolo cuando vengan mal dadas (ya tengo experiencia con Woody y Tronya, sus ancestros westties ) y empiece a oler como un nido de ratas comiendo cabrales. Ya puesto, despotrico en voz alta contra los mastuerzos que observan, complacidos, como un verdugo ajusticia a un toro de un tiro a la cabeza en plena calle de un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme. Y contra los tradicionalistas de Tordesillas que persiguen a otro infortunado toro y tras agotarlo lo alancean despiadadamente ante la enfervorizada ovación del (i) respetable. «Es nuestra cultura», dicen las autoridades ante las críticas cada vez más acerbas. Como los salvajes de los correbous, que atan unas antorchas en los cuernos del animal y les prenden fuego. Ja, Ja, debe de hacer una gracia infinita. Y no sé si en otro lugar aún despeñan cabras desde un campanario… ¿Este es un país europeo?

Por la noche, y aún impresionado, sale en la mesa del puerto-sauna el tema del toreo con un amigo taurófilo. Que si los antitaurinos, las ciudades sin toros de lidia, que si fiesta nacional, identidad cultural,¡ tradición!, que si prohibiciones dictatoriales, que si espectáculo salvaje que si arte excelso, en fin, toda la conocida retahíla de argumentos y sus correspondientes réplicas y contrarréplicas casi tan viejas como una afición, la de los toros que parece en franco y natural declive y a la que dejaría morir de finor sin alharacas ni grandilocuencias ni por supuesto prohibiciones, aunque entiendo que un parlamento, soberanamente, pueda decidir sobre la abolición de un espectáculo tan artístico como cruel y anacrónico.

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Luego la charla deriva hacia las causas del declive de la fiesta nacional y de la progresiva hostilidad de la ciudadanía hacia los mencionados espectáculos e incluso contra la caza mayor, afición, ¿respetable?, que le ha llegado a costar la corona a un rey poco sensible no solo con los animales sino con las penurias de sus súbditos, aunque sí preocupado por la pervivencia de la fiesta nacional (¿de qué nación?). Parece que por fin van calando en la sociedad globalizada (a los españoles nos cuesta bastante más) unos valores de respeto a la naturaleza y al reino animal y no creo que esto sea reversible como argüía mi amigo taurófilo, quien trataba de quitar importancia a estos movimientos animalistas hablando de su carácter cíclico en la historia.

No es cuestión de animalistas versus tradicionalistas, ni creo en los llamados derechos de los animales, no pueden tenerlos quienes no tienen deberes, pero sí creo en el respeto y la compasión por unos seres que nos acompañan en el planeta. Algunos arguyen que los animales no sufren (habría que volver a Shakespeare: si nos pincháis, ¿no sangramos?, etcétera)… ¿No compartir nuestro terror psicológico a la muerte, no tener conciencia de ella, significa no sufrir? ¿Se puede ser más obtuso?

Cuando levanto los ojos del ordenador vuelvo a encontrarme con los de Allen, mi bicho, mi compañero, mi amigo. Perdónales, le digo, porque no saben lo que se hacen…