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Uno, en su crónica ingenuidad, experimentó una sacudida entusiasta cuando la compañía Baleària hizo pública su decisión de mantener la línea marítima diaria con Barcelona. El que suscribe se emocionó, incluso, evocando estampas ya muy pretéritas cuando el barco era el medio de transporte más utilizado para llegar a la Isla procedente de Barcelona tres décadas atrás. El tiempo no tenía entonces la misma trascendencia que en el mundo adulto y enfilar la pasarela del buque en el puerto de la ciudad condal casi siempre estaba asociado al 'modo vacaciones'.

Viajar en barco resultaba mucho más asequible para todos los bolsillos hasta que los precios de las compañías aéreas se aproximaron. Hoy, salvo una disponibilidad infrecuente de tiempo libre, hacer el trayecto por mar queda limitado a la necesidad de transportar un vehículo propio pero, en ningún caso, a abaratar el coste de un fin de semana en la península porque te quedas sin tiempo para disfrutarlo. Y así continuará siendo para único beneficio de los transportistas.

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El viaje en la ruta desde Ciutadella supone gastar un día completo puesto que la travesía se prolonga durante nueve horas y media desde las 11 de la mañana hasta las 20.30. El regreso es más sugerente puesto que se hace por la noche. El precio para los residentes ronda los 50 euros, en butaca, prácticamente igual al de la otra compañía, la Transmediterránea de toda la vida.

O sea que continuaremos sometidos a la tiranía de los aviones de Vueling, la compañía que más ha maltratado a los pasajeros de ida y vuelta a la Isla este pasado verano, y ahora, a los de Air Europa, y a la obligación de cuadrar horarios infames para buscar la combinación más económica como ejercicio práctico del problema histórico de esta Isla que, como no, continúa más latente que nunca.