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La sombra no existe –dijo el escritor francés Henri Barbusse--: lo que tú llamas sombra es la luz que no ves. Tal vez por eso yo no veo las sombras. No creo que sea el único; confundidos en el ajetreo de la vida diaria, deslumbrados por las luces de neón de los comercios, de los adornos de las calles cuando se acerca la Navidad, los destellos de las tablets, pantallas de ordenador, de televisor, los guiños seductores de los ojos de anuncio no percibimos, no nos acordamos siquiera de las sombras. Pero si no existen las sombras al menos debe de existir la carencia de luz. Me lo dijo un cura que ya es obispo, me dijo que más que el infierno lo que existe es la carencia de Dios. La gente se olvida de Dios porque no lo ha visto nunca, y no me extraña, porque a pesar de que todos hemos visto la luz nos olvidamos de las sombras. Hace años me encontraba todos los días a Rogelio en una esquina de la calle Mallorca de Ciutadella. Siempre me saludaba efusivamente, y me decía palabras que le salían del corazón. Era la encarnación de la sencillez, del candor. Hasta que un día pasé por la misma esquina de la misma calle y Rogelio no estaba. Había un resplandor, una luz de la sombra, donde él estuvo antes; pero él ya no estaba. Nunca más volvió a estar allí, pero sé que estaba su sombra, que todos los días alzaba la mano para saludarme y abría la boca para decir maravillas. No existe su sombra; existe la luz que dejaron sus pasos.

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Me ocurrió lo mismo con Jesús Olives: se fue para el otro mundo sin que yo llegara a enterarme, pero su luz sigue llamándome desde los libros que le firmé, la luz de sus cabellos de plata, de su sonrisa afable, enternecedora. Se llevó toda la carga de luz que me dio en las tardes del instituto, en los salones el casino, en las calles viejas y el viejo caserón de su familia, en sus manos blancas, en sus brazos abiertos, y me dejó su sombra. También me ocurrió lo mismo con Lito Pons Ferrer, no me enteré de que había muerto hasta que me lo dijo su hijo una tarde, entre el jolgorio de las fiestas de San Juan. Otra vez yo me quedé con su luz, con su ironía –la ironía con que me preguntó una vez si dormía con la barba dentro o fuera del embozo-, con el aire que vibraba en su garganta para decirme palabras de luz en los claustros tediosos, casi lúgubres, sombríos del instituto. No existen las sombras, los pasos perdidos son pasos llenos de luz. No puedo saberlo, pero sospecho que cuando la luz se nos acabe veremos la luz.