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Las fiestas de Sant Joan, que además dan la bienvenida al verano, me ha empujado a zambullirme entre las letras y saltar nuevamente a esta columna. Ante tantas emociones debo antes ordenar mis pensamientos para poder escribir con criterio. Porque es como criar, a veces la cabeza la tienes cargada de emociones, pasiones, cansancio y te hace hacer cosas inapropiadas. Debes coger aire, separarte un poco de la situación y reflexionar. Y aquí estoy con un libro de cabecera «Ni rabietas ni conflictos» de Rosa Jové, que va conmigo a todas partes desde hace unos días. Un libro que me gustaría recomendar, también a una pareja de Ciutadella con tres hijos menores de 6 años. En plenas fiestas, a la hora de dar comienzo ses avellanes, uno de sus hijos estaba revoltoso, quejicoso,... el padre reprendiéndole porque no puede soltarse de la mano por la multitud. Primero, no son fiestas para niños tan pequeños; segundo, hay que vivirlas desde la barrera porque la responsabilidad es la de los padres por llevarlos allí; y tercero, el niño no tiene ninguna culpa. Hay que contar que cuando sales con tus hijos, ellos también tienen opinión y a veces no va acorde a la tuya. Y tienen opinión porque está desarrollándose su cerebro, su personalidad. El nombrado padre no se le ocurre otra cosa -ya cansado de escuchar llorar al crío- de retorcerle la diminuta oreja y el niño ¿qué creen que hace? pues llorar más si cabe, y saltar de dolor. Iba cogiendo la mano de su madre.

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No pude evitarlo, tenia responsabilidad sobre ese niño porque también es mío. Ya lo saben los que me siguen, hay que ser «El Guardián entre el Centeno», cuando dice que «mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a un precipicio».  Me acerqué amablemente a la madre y le puse mi mano en su brazo y le dije que «eso no se hace. Disciplina positiva. Y que si se lo hicieran su hijo a usted qué pasaría». Me soltó la madre «por una vez que se haga no le va pasar nada». No estoy de acuerdo: es humillar al niño públicamente. Los padres deberían de haberse agachado a su altura y comentarle que «por la imprudencia de papá y mamá nos hemos metido en esta multitud festiva y no debes soltarte de la mano». Los padres también debemos explicar a nuestros hijos que nos equivocamos y que no siempre hacemos acciones acertadas. Eso también es enseñar, es criar y es hacer que los hijos confíen en nosotros. Que feo sería que ese hijo ya mayor y, los padres más mayores, le retorciera la oreja porque se queja de estar demasiado tiempo en la silla de ruedas. Nos olvidamos que los niños tienen sus derechos y no puede ser que los vulneremos constantemente.