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Jason McElwain tenía dos años cuando los médicos le dijeron que padecía autismo. Las dificultades para relacionarse con el entorno no le impidieron convertirse, en poco tiempo, en el delegado del equipo de baloncesto de su instituto, el Greece Athena High School en Rochester (Estados Unidos). Durante tres años estuvo ayudando a los entrenadores y a sus compañeros. Preparaba las toallas y las bebidas. Redactaba las fichas del equipo. Revisaba las estadísticas de la temporada. Siempre acudía puntual a todos los entrenamientos. Estaba entusiasmado con sentirse parte del equipo a pesar de que no jugaba ningún partido. Sin embargo, el día 15 de febrero de 2006 su vida cambió por completo. Su equipo estaba jugando uno de los últimos partidos de la temporada contra el Spencerport High School. Sus compañeros pidieron al entrenador que Jason saliera a jugar los últimos cuatro minutos. El joven no cabía de felicidad cuando saltó a la cancha ataviado con una cinta en el pelo. Nadie podría imaginarse lo que estaba a punto de ocurrir.

Nada más recibió el primer balón, Jason lanzó un tiro perfecto y anotó un espectacular triple. El siguiente punto se convirtió en otro triple. La expectación en la grada era cada vez mayor. El público estaba emocionado por la actuación de aquel joven. En la siguiente jugada, volvió a anotar otro triple y luego otro más. Tres tiros perfectos, cargados de magia e ilusión, convirtieron aquel partido de baloncesto en una emocionante historia de superación. Veinte puntos en menos de cuatro minutos. La grada comenzó a corear su nombre hasta que, finalmente, todos los jugadores y el público invadieron la cancha y auparon al joven que no pudo contener las lágrimas. Aquel vídeo de apenas cuatro minutos empezó a correr por las redes sociales. Su fama llegó a los estudios de Hollywood que pronto le ofrecieron llevar su historia a la gran pantalla. Incluso el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, hizo un alto en uno de sus viajes oficiales para conocer a Jason. El hombre más poderoso de la Tierra se dirigió a aquel joven diciéndole que su historia había conmovido los corazones de todos los ciudadanos del país. Recordó la importancia de dar una oportunidad a quienes la necesitan y el profundo amor que había percibido en sus padres gracias al cual había podido llegar a realizar su sueño. Gracias a esta fortaleza, durante estos años ha completado ya cinco maratones–entre ellas, la conocida de Boston- con marcas por debajo de las tres horas.

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El escritor polaco Stanislaw Lem solía decir que «un sueño solo puede triunfar sobre la realidad si se le da la oportunidad». ¿Qué hubiera pasado con Jason McElwain si el entrenador no le hubiera dado una oportunidad de salir a la cancha? Probablemente, su vida hubiera discurrido por otro camino. En ocasiones, tenemos la sensación de que todo aquello que conseguimos (éxito en el trabajo, buenos amigos, reconocimiento social, un negocio próspero) es fruto de decisiones que hemos tomado de manera consciente gracias a nuestra capacidad y formación. Sin embargo, en muchas ocasiones nuestra vida se define por las oportunidades que se nos presentan de forma inesperada gracias a la confianza que otros depositan en nuestro buen hacer. Olvidamos que, parte de nuestra vida, es fruto del azar, de haber estado en el lugar y momento correctos, de haber tenido la suerte de encontrar a alguien que ha creído en nosotros. Si recordamos esta lección, quizá seamos más compasivos –¡al mundo buena falta le hace!- con nuestros semejantes y tan solo miremos por encima del hombro a otra persona cuando le demos la mano para ayudarle a levantar. ¿Cuántas personas conocemos que nunca han tenido una oportunidad? ¿Cuántas personas conocemos que tienen la formación, valentía y la ilusión para encontrar un buen trabajo? ¿Cuántos merecen el amor, lo buscan y no lo encuentran? ¿Cuántos negocios conocemos que han abierto con la ilusión de dar un buen servicio y no consiguen la confianza del cliente? ¿Cuántas personas han cometido un error en su vida y jamás son perdonados?

No vivimos aislados, sino integrados en un mundo global aquejado de mucha desigualdad. Nuestra responsabilidad es hacer que todos los Jason que ahora están en la sombra salgan a la cancha, tengan su oportunidad y lancen la pelota de sus sueños para conseguir un triple. Se trata, sin duda, de un duro reto. Quizá nos sean de ayuda las palabras del genial Walt Disney: «Decidí ver cada desierto como la oportunidad de encontrar un oasis, decidí ver cada noche como un misterio a resolver, decidí ver cada día como una nueva oportunidad de ser feliz».