Nos hemos quedado yertos de frío después de una semana de lluvia, nieve y viento. En los Estados Unidos el vendaval se llama Donald Trump, el nuevo presidente, que cuando da rienda suelta a su verborrea es capaz de desatar tempestades en todo el mundo. Por cierto que la humanidad lleva poco tiempo en el planeta Tierra, comparado con su antigüedad; tenemos todavía muchos años por delante, antes de que la fecha de caducidad que tienen todas las especies vivas dé al traste con el hombre que llaman sapiens, que a veces se muestra de lo más insensato y hasta estúpido. Debe de ser que todavía somos muy primarios, que no hemos conseguido refrenar nuestros instintos, nuestra agresividad por un quítame allá esas pajas, que de vez en cuando nos amenaza con la autodestrucción.

Bienvenida sea la nieve en un mundo sobrecalentado, si ha de servir para enfriar los ánimos, para poner un manto de blanco idílico sobre los pesebres y los campos de batalla, las ciudades destruidas, las tristes embarcaciones de los náufragos del Mediterráneo, pero un manto que no hiele los campamentos de refugiados, pobres desertores de la muerte. Tempestad sobre el mundo, espadas en alto, populismos que no entienden de tolerancia, que no saben que perjudicando al prójimo al final acaba uno perjudicándose a sí mismo, porque en estas guerras que se preconizan, estas tempestades, no habrá vencedores ni vencidos, nunca los hay, todos perdemos en todas las batallas de la incomprensión, de la impotencia, de la rabia.

No hace mucho aterricé –aterrizó el avión— en el aeropuerto de Moscú a 31 grados centígrados bajo cero. Las piernas se me helaron con tan sólo esperar el autobús. Las azafatas llevaban en la solapa el escudo de la hoz y el martillo, pero eran hermosas y deferentes, como las de todo el mundo. Y las instalaciones del aeropuerto eran modernas, confortables, muy occidentales. Los jóvenes que despachaban en las cafeterías hablaban inglés a la perfección, el wifi era gratis, las máquinas de recargar móviles eran ultramodernas.

No creo que nadie se acordara allí de la revolución, de la tirantez que nos asusta como las nevadas sobre el corazón de Europa, de China, de Rusia, de Gran Bretaña, de Francia, de España, de Cataluña, de las Baleares. Sí, sí… incluso ha nevado sobre el corazón de las Baleares. Esperemos que cuando se funda la nieve nos deje un mundo de paz, de aguas cristalinas en las que las semillas de la prosperidad vuelvan a brotar irrefrenables.