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En el año 2007 Mikko Kuitunen dimitió de su puesto de trabajo en la empresa india Sasken y se fue a un bar a celebrarlo. Tenía 26 años. Cogió un bolígrafo y escribió en finés en el posavasos: «Que incluso los lunes no den asco». A las pocas semanas, fundó la empresa Vincit dedicada al desarrollo de software para otras compañías. Aquel joven quería imprimir a su nueva empresa un toque diferente, innovador, sorprendente: suprimir los jefes. Nadie en su nueva empresa tendría las funciones propias de un jefe, salvo que, lógicamente, algún trabajador decidiera asumir voluntariamente ese encargo. Las empresas invierten mucho dinero en la organización de equipos, en velar por los derechos de los trabajadores y hacerles cumplir sus deberes. El joven finés pensó que si se quitaban esos obstáculos, la empresa se centraría más en la persona y mejoraría su productividad. Al fin y al cabo, pensó el joven, «nadie quiere ni necesita que le controlen constantemente en su trabajo». Cuanto más libre se vea un trabajador, más responsable se siente y, por tanto, mejor trabaja.

Aquel sueño un tanto alocado de un joven desencantado con la cultura tradicional del trabajo pronto se convirtió en una exitosa empresa. Diez años después factura 26 millones de euros. Su principal valor, sin embargo, no se mide en euros, sino en la satisfacción de sus trabajadores. Un estudio del Instituto Great Place to Work galardonó a Vincit como la mejor empresa de toda Europa para trabajar. No existen los horarios, ni los turnos de trabajos ni la obligación de estar en la oficina durante cuarenta horas semanales. La libertad del trabajador se traduce en un compromiso de responsabilidad. Aunque, en ocasiones, ha tenido que llamar la atención a algunos trabajadores menos diligentes, la empresa no ha despedido a nadie. Apenas una decena de personas han abandonado Vincit durante sus diez años de funcionamiento. Incluso en estos casos, Vincit se preocupa de estos trabajadores pues la empresa les sigue pagando el sueldo hasta que encuentren un nuevo puesto de trabajo. No resulta extraño que este paraíso laboral atraiga a más de mil solicitantes que, cada año, intentan formar parte de esta revolución empresarial.

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¿En qué empresa nos gustaría trabajar? ¿Qué aspectos valoramos más de nuestro trabajo? ¿El salario? ¿La flexibilidad horaria? ¿La conciliación personal y familiar? ¿La promoción profesional? ¿Qué pasa con los jefes? ¿Son necesarios? ¿Se puede dirigir una empresa sin personas que controlen constantemente lo que hacemos en el trabajo? ¿Somos diligentes cuando nadie nos observa? El éxito de Vincit nos obliga a reflexionar sobre éstas y otras cuestiones de especial trascendencia de cara al futuro de las empresas. Cuando una empresa invierte mucho dinero en controlar al trabajador, es porque, en cierta medida, desconfía de él. Considera que lo más probable es que no cumpla sus obligaciones. No respete el horario. No cumpla los plazos estipulados en los planes de funcionamiento de la empresa. Cumpla con desgana sus funciones. Intente justificar su rendimiento mediante la mera presencia en la oficina. Existe una cierta predisposición (errónea, por cierto) a pensar que, cuanto más libertad se da al trabajador, menos responsable va a ser en su trabajo. Por tal motivo, la empresa utiliza las más variadas formas de control del trabajador: cámaras de vigilancia, tarjetas para fichar, auditorías, etc. Dentro de este elenco de medidas, destaca, especialmente, la figura del jefe, una persona que –si bien puede ser un líder nato que motive e ilusione al trabajador- puede convertirse en un auténtico demonio detestado por la plantilla. Es cierto que no todas las empresas se pueden permitir la libertad laboral de la empresa Vincit. Sin embargo, sin llegar a este extremo, tenemos que avanzar en medidas para que los trabajadores se sientan parte de un proyecto colectivo. Su rendimiento mejorará cuando observen que la empresa vela por sus intereses, invierte en su formación y promoción profesional y les apoya cuando atraviesan una mala época.

Estamos en el inicio de una nueva era. Basta señalar que, según un estudio reciente del McKinsey Global Institute, la mitad de las actividades laborales de la actualidad podrían ser automatizadas en 2055, esto es, desempeñadas por robots. Ese nuevo escenario (lejano, pero, en cierta medida, inevitable) nos sitúa en una encrucijada. ¿Cómo vamos a organizar nuestras empresas en el futuro? ¿Qué papel va a desempeñar el trabajador en la nueva organización? Quizá nos sirvan de ayuda las palabras de Jeroen van der Veer, ex consejero delegado de la petrolera Shell: «En mi opinión las empresas exitosas del futuro serán aquellas que decidan alinear los valores de la empresa con los valores personales de sus empleados. Los mejores talentos quieren hacer un trabajo que contribuya a la sociedad, con una empresa cuyos valores compartan, donde sus acciones cuenten y sus opiniones importen».