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Entre el derecho a la memoria y el revisionismo de la historia existe una fina línea que estas últimas semanas se cruza con cierta frecuencia, algunas veces por intereses ideológicos partidistas. Se plantea el cambio de nombre de algunas calles, un tema en el que el Ayuntamiento de Madrid ya metió la pata y después tuvo que rectificar. Bautizar con otro nombre una calle no tendría que ser un problema importante, si detrás no existieran los motivos que dividen a la sociedad y a los ciudadanos.

Es cierto que muchos héroes de hoy se iniciaron como revolucionarios, algunos les llamarían terroristas, que tras salir vencedores obtuvieron el reconocimiento de la historia. Nombres de soldados, posiblemente autores de barbaries, cuyo reconocimiento se basa en una victoria militar, como en la América del Descubrimiento o en la conquista de Canarias, o como Alfons III, cuando en 1287 expulsó de forma poco amable a los menorquines de cultura árabe.

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Tendemos a revisar la historia prescindiendo de las circunstancias de entonces, aplicando los valores de ahora. Y de esta forma se ha abierto el debate sobre la transición, contaminado por demasiados intereses. No es bueno magnificar un periodo sin querer analizar los errores. Y para ello están los historiadores, los expertos. Cuando la posición es política, en defensa o de crítica a la transición, las conclusiones tienen poco valor. Algunos quieren prescindir de las circunstancias de entonces sumidos en las circunstancias de ahora.