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Hace 13 años el empresario, Antonio Gomila, asumió la presidencia del Sporting Mahonés para sorpresa general. Su único propósito, dijo, fue hacer algo por el bien del club y la ciudad.

La mayoría sospechó que su repentino ingreso en un mundo tan alejado de su actividad profesional perseguía asegurarse la construcción de la futura ciudad deportiva de Bintaufa. Lo cierto es que el constructor saneó la economía de un club en declive, adecentó el Estadio Municipal que se caía a trozos y construyó una plantilla que disputó dos fases de ascenso a Segunda B después de años de ostracismo. Se desconoce qué rédito obtuvo Gomila más que la inversión a fondo perdido de cientos de miles de euros pero sí se sabe que la afición disfrutó y el club renació.

Se desconoce igualmente ahora si existen otros intereses espurios en Amancio Ortega con su donación a la Sanidad Pública de 320 millones de euros para renovar equipos de diagnóstico y tratamiento de cáncer. Es posible que a través de su fundación, el creador de Inditex obtenga mayores beneficios fiscales después de tamaño gesto de filantropía.

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Esa opción ha llevado a varias asociaciones de usuarios del país a criticar y oponerse a la donación indicando que ese gasto debe correr de parte de la Administración e instan al empresario a que contribuya al erario público de forma proporcional a sus beneficios.

El líder balear de Podemos, Alberto Jarabo, incluso, ha llegado a decir que se trata de «una limosna de millonario». Quizás preferiría que se la llevara a un paraíso fiscal. Cualquier ventaja añadida que obtenga el empresario gallego será nimia en comparación al efecto que va a tener su ayuda en los hospitales nacionales.

Es un error lamentable criticar al presunto benefactor en función del provecho que pueda obtener este al realizar un donativo en lugar de valorar, por encima de todo, el beneficio tangible que representa su ayuda.