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Bota, rebota, se desliza y la vuelven a tirar. La escucho en un patio abierto mientras escribo estas palabras... como los autores de la canción «Me tomo en serio la felicidad». Y es que mi mente se ha ido a un parque infantil de Menorca, de los muchos en que hemos jugado este verano, mis hijos y yo.

Del que voy a hablar es de la plaça des Pins de Ciutadella. Un niño de la edad de mi hija, 3 años, tenía una camiseta roja con un pitufo azul y un bocadillo que decía «Believe in yourself», es decir, «Cree en ti mismo». Estaba en el tobogán, y ayudaba a uno de mis hijos a subir. Su madre apurada le decía que no molestara. Y yo le decía que no era molestia, todo lo contrario les estaba echando una mano. Dos o tres toboganes más, e Iker que así se llamaba vuelve a ayudar a uno de mis hijos a subir al tobogán. Y la madre otra vez con la misma frase. Y le volví a responder lo mismo. Y ella terminó diciendo que su hijo era muy pesado. Y yo pensaba que la pesada era ella. Porque Iker hacía gala sin saberlo de su camiseta, con tan corta edad le sentía decidido y resuelto a echar una ayuda a quien lo necesitara. En esos momentos hay que sentirse orgulloso de su acción, y no cortarle las alas.

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La canción sigue sonando en mi cabeza, y se me antoja tatarear «déjame quererte sin razón», «déjame cuidarte sin razón» y es que a los hijos los queremos sin razón alguna. Y los cuidamos de manera innata, sin manual. Es curioso como nace un sentimiento hermoso desde el momento que te lo ponen en tu pecho. Los amas sin razón, sin medidas, infinito. Y los cuidas, y cuidarás hasta tu despedida. «Entrégate a la vida que sabe a miel. Con la intensidad de quien no tiene miedo», esta oración se nota que está dirigida a una persona adulta porque un niño, que ya saben a miel, viven su vida con intensidad y sin miedo. Cómo es que lo adquirimos al tiempo que cumplimos años. Se tiran por el tobogán sí o sí, una y otra. Aunque se hayan partido la ceja alguna vez, ellos se recomponen y ni cruzan el miedo porque no lo tienen cosido.

Porque tienen esa edad tierna y deliciosa que si no la interrumpes creen en sí mismos. Se ven capaces de hacer las cosas por si solos. Y acierten o se equivoquen en sus elecciones de vida siempre hay que sentirse orgullosos, quererlos sin límites y acompañarlos como guías de su crianza y educación. Ellos también nos enseñan, solo que no les observamos ni escuchamos lo suficiente, como Iker el niño que cree en si mismo ayudando a los demás.

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