Creo que los asesores de Rajoy han sido en el tema de convocar elecciones el 21 de diciembre en Catalunya de tal mal asesorar, como lo fueron los de Zapatero en aquel asunto del desastre socioeconómico que se nos vino encima.

Es menester la categoría de un verdadero bisoño político para no caer en la cuenta que estando como estaba el independentismo catalán, aumentada su tendencia de nivel separatista después de la aplicación del artículo 155 y de tener algunos de sus líderes en la cárcel, más el orgullo chamuscado por el desprecio hacia su particular declaración de una república por muy sui generis que fuera, tampoco era menester haber estudiado en Salamanca para darse cuenta que el momento era de lo más inoportuno para convocar unas elecciones que a la postre han servido para legitimar a los separatistas. Algunos analistas también desacertados afirmaron que para ganar las elecciones había que ir a votar masivamente, otra torpeza que ha desbaratado la realidad inapelable de las urnas ¡pero almas de cántaro! ¿Qué ventaja era esa? Evidentemente ninguna, y ahora, como ya acerté a vaticinar en algún artículo anterior, nos encontramos que la situación catalana es aún peor que antes de las elecciones, entre otras cosas porque el PP de Rajoy ha sufrido un derrumbe de proporciones tan alarmantes que se puede afirmar que en Catalunya están al borde del abismo que lleva a la desaparición. Ya me contarán ustedes a qué precio les ha salido el escaño en lo económico, porque en lo político puede ser impagable. Qué fuerza le queda a Rajoy en cuanto a apoyos catalanes para verse con Puigdemont, cuando precisamente el día 21 por la noche, más o menos conocido los resultados de las urnas, la carcajada del ex Honorable fue tan exagerada que estuvo en nada de desencajarse las mandíbulas. La verdad es que ha pasado por encima de Rajoy y su partido en unas elecciones con todas las garantías habidas y por haber.

El gobierno Rajoy ha hecho «un pan como unas tortas» demostrando un más que menguado conocimiento de la situación catalana. Quizá por eso también es posible que Puigdemont piense ahora que tampoco está para dar lecciones de cómo hacer o no hacer las cosas en política, pues es mil veces más provechoso ganar haciendo las cosas bien que haciendo las cosas mal y con tapujos. Quizá habría ganado las elecciones o quizá no, porque entra en el cálculo ponderado y pensado fríamente que ahora los separatistas han tenido los votos que han tenido porque el PP, sin darse cuenta por su torpeza en su mal manejo de la situación, les ha hecho una propaganda gratuita además de increíblemente efectiva. Pienso para mí, que muchos independentistas han votado por lo que sienten siendo coherentes consigo mismos, pero también estoy seguro que muchos de esos votos son el producto del pataleo, de la rabia, de ir en contra de lo que han calificado como una prepotencia del gobierno central, sobre todo de Rajoy. También ha ayudado lo suyo los separatistas que hay en la cárcel y la amenaza de los que aún pueden ir a parar a ella, situaciones que no se califican por la ciudadanía separatista como decisiones puramente judiciales, si no más en puridad como decisiones políticas, emanadas del núcleo del PP, pues no hacen en sus juicios de valor una justa separación entre el poder judicial y el ejecutivo, lo que en sí mismo no deja de ser una solemne idiotez, pero que en un recorrido tan políticamente embarrullado no me extraña nada que se piense así. Por todo ello, no solo no se ha despejado nada la situación, más bien diría yo que se ha enmarañado más, incluso algún juez tengo oído discrepar sobre si se puede dejar o no a Puigdemont que acuda a la toma de posesión caso de ser elegido presidente si este estuviera en la cárcel, dubitaciones que no me extrañan porque son situaciones sobre las que apenas hay algún precedente. En puridad, ninguno exactamente igual al que nos ocupa.