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En 1973 Bobby Riggs, extenista de cincuenta y cinco años, declaró que a su edad podía vencer a cualquier mujer tenista del mundo. Para apoyar su afirmación, ofreció como recompensa 5.000 euros a la mujer que tuviese el coraje de enfrentarse a él. La intención de Bobby era captar la atención de Billy Jean King, tenista de fama internacional que ese mismo año había fundado la Asociación de Mujeres Tenistas para protestar por las graves desigualdades salariales que se producían entre hombres y mujeres en el tenis profesional. Sin embargo, Bobby no logró su propósito dado que la oferta finalmente fue aceptada por Margaret Court que, ese mismo año, había ganado tres Grand Slam. El partido se celebró el día 13 de mayo en Ramona (California) y pasó a la historia como 'la masacre del día de la madre'. Bobby derrotó a su rival en menos de una hora por un marcador de 6-2 y 6-1.

Aquella victoria provocó un gran revuelo mediático. Bobby se reafirmó en sus convicciones sobre la superioridad masculina. Billy Jean King se vio obligada a aceptar el reto y el día 21 de septiembre de 1973 se disputó el llamado 'partido del siglo'. El evento, emitido en directo en las televisiones de todo el mundo, se siguió por más de noventa millones de espectadores. Billy Jean ganó a Bobby en un contundente 6-4, 6-3 y 6-3. La actuación de Bobby durante el partido dio lugar a muchas especulaciones. Algunos dijeron que se había dejado ganar para conseguir dinero con las apuestas. Otros dijeron que la mafia le había pagado medio millón de dólares para que perdiese. Muchos años después confesó que había perdido porque no había tenido su día. Aquel partido, sin embargo, se convirtió de forma inesperada en una reivindicación del papel de la mujer en los deportes de competición. Fue, sin duda, un revulsivo en la lucha por los derechos civiles. Después del partido, Billy Jean King se convirtió en un referente para muchas mujeres que habían guardado silencio durante décadas. Algunas de ellas paraban a Billy por la calle para felicitarle y decirle que, gracias a su victoria, habían encontrado el coraje para pedir un sueldo más justo en el trabajo, luchar por los derechos sociales o intentar cambiar los roles tradicionales dentro del hogar.

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A pesar de haber transcurrido más de cuarenta años, la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres aún tiene muchos frentes abiertos. Según la información de la Oficina Europea de Estadística, el salario de las mujeres es un 14,9 por ciento menor que el de los hombres. En algunas Comunidades Autónomas –como, por ejemplo, Cantabria o Asturias- la diferencia salarial casi alcanza el 30 por ciento. Esto equivale a que las mujeres trabajan gratis 54 días al año. Diversos estudios afirman que, si el progreso de las medidas de igualdad sigue al ritmo actual, la plena igualdad económica se podría alcanzar dentro de 170 años. Pocas mujeres consiguen acceder a puestos de responsabilidad en las grandes empresas. En España, la presencia de mujeres en los Consejos de Administración apenas alcanza el 16 por ciento frente al 42 por ciento (Noruega), Francia (40 por ciento) o Suiza (31,7 por ciento). A nivel mundial, el liderazgo femenino de grandes empresas solo alcanza el 5 por ciento. No son pocas las mujeres que sufren discriminación a diario en las entrevistas de trabajo cuando se les pregunta sobre sus deseos de ser madre y tener una familia. Muchas mujeres se han visto postergadas en su carrera profesional tras una baja de maternidad. Incluso algunas empresas han prescindido de sus servicios con el argumento de un descenso de la productividad tras su incorporación. Aunque la recuperación de la crisis económica ha reducido la cifra de parados, el colectivo femenino sigue siendo mayoritario en la lista de desempleados. En el último año, el porcentaje de mujeres desempleadas ha subido hasta el 58 por ciento frente al 42 por ciento de los hombres.

Uno de los grandes retos del siglo XXI es avanzar de forma decidida hacia la igualdad real de oportunidades entre hombres y mujeres. A lo largo de las últimas décadas se han desarrollado políticas públicas tendentes a mejorar la participación de la mujer en la sociedad. La eficacia de estas medidas pasa necesariamente por efectuar un cambio de mentalidad. Somos diferentes y nunca dejaremos de serlo. Sin embargo, debemos ser tratados de igual forma. Cuando una mujer reivindica una equiparación salarial o cuando se niega a responder si quiere ser madre, está pidiendo respeto por su dignidad. Quizá sea el momento de recordar las palabras del exsecretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan: «La igualdad de género es más que un objetivo en sí mismo. Es una condición previa para afrontar el reto de reducir la pobreza, promover el desarrollo sostenible y la construcción de buen gobierno».