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Hace un año se realizó en Estados Unidos un sencillo experimento que pretendía demostrar las limitaciones del razonamiento humano. Los investigadores mostraron a los voluntarios dos fotografías. La primera reflejaba la toma de posesión de Barack Obama en 2009 como presidente de los Estados Unidos. Se trataba de una foto aérea de la National Mall, la avenida que une el Congreso con la Casa Blanca. Según estimaciones oficiales, aquel día había alrededor de 1.800.000 personas. La segunda fotografía reflejaba ese mismo momento en 2017. En esta ocasión, el protagonista era Donald Trump. Las autoridades calcularon que aquel día se reunieron apenas 700.000 personas. Tras exhibirles las dos fotografías, se preguntó a los voluntarios en cuál de ellas veía a más gente. El 15% de los votantes de Trump dijo que había más gente en la foto de 2017 lo que, a todas luces, constituía un error manifiesto. ¿Cómo era posible? ¿Acaso los votantes del republicano tenían algún problema de visión? ¿O alguna disfunción cerebral que les impidiera constatar un hecho tan objetivo? El estudio concluyó que, cuando se tratan temas sensibles (religión, política, ideología), la razón pierde peso en favor de las emociones. Si el 15% de los votantes de Trump hubiera dicho que había más gente en la foto de 2009, estarían reconociendo que su candidato era menos popular y, en definitiva, mucho menos querido por la sociedad estadounidense. Y, lógicamente, eso ponía en tela de juicio su propia identidad como votantes.

«Creemos ver el mundo, pero lo que vemos no es sino el marco de la ventana por la que lo miramos», solía decir el filósofo Wittgenstein. La facultad de analizar hechos y extraer conclusiones es una de las características más notables del cerebro humano. En principio, podríamos pensar que este análisis se ajusta a parámetros racionales. Es decir, cualquier creencia errónea podría destruirse mediante un razonamiento lógico acerca de su equivocación. Sin embargo, el experimento de las fotografías y otros muchos que se han realizado demuestran más bien lo contrario: la decisión sobre si una afirmación es verdadera o falsa es emocional. Para defender nuestra visión del mundo, vamos razonando de forma inconsciente, descartando unos datos y recogiendo otros, en la dirección que nos conviene para llegar a la conclusión que nos interesa. ¿Por qué ocurre este proceso? Al parecer, nuestro cerebro crea una experiencia emocional a partir de una creencia. Cuando esa experiencia es positiva, se graba en nuestro cerebro como si tratara de un sabor agradable. Cada vez que nos ofrecen argumentos que refuerzan nuestras creencias, experimentamos esa sensación placentera. En cambio, los argumentos contrarios nos generan una sensación de inquietud y temor. Por tal motivo, estamos cegados a los hechos objetivos cuando demuestran el error de nuestro planteamiento.

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Esta manera de pensar tiene consecuencias devastadoras en muchos ámbitos de nuestra vida. Así, por ejemplo, en la política, se ha demostrado que a medida que un ciudadano adquiere mayores conocimientos políticos, más sesgada es su lectura de la realidad a favor de sus posiciones. El motivo de reafirmarse en sus planteamientos está relacionado, no solo con la protección de su visión del mundo –«que ganen los míos para que lo nuestro perdure»-, sino también con la fuerza propia de las emociones, que conmueven y crean ilusión, a diferencia de los argumentos que son fríos y más difíciles de explicar. Por tal motivo, los «cazadores de mentiras» de los líderes políticos apenas tienen impacto en el resultado final de las elecciones. Cuando se pregunta a los votantes por las contradicciones de sus líderes, se activan las partes de su cerebro asociadas a la regulación de las emociones y no al razonamiento lógico. En definitiva, los perjuicios nos dan cierto placer y, por tal motivo, nos cuesta abandonarlos y acoger otras ideas que no conmueven nuestro cerebro.

La razón humana que nos llevado a construir una civilización regida por el Derecho adolece de muchas limitaciones. Quizá no nos guste asumir que nuestro comportamiento está, en definitiva, condicionado por las emociones que sentimos hacia una opción política, un equipo de fútbol o una marca de ropa. Los estudios científicos en esta materia nos sitúan frente al espejo y nos muestran nuestras debilidades y prejuicios. En definitiva, nuestra simpleza. ¿Qué criterios tenemos en cuenta para juzgar? ¿Acaso somos libres para decidir? ¿O vivimos esclavizados a emociones que viajan por nuestro inconsciente? Ya lo decía Ramón y Cajal hace muchos años: «Razonar y convencer, ¡qué difícil, largo y trabajoso! ¿Sugestionar? ¡Qué fácil, rápido y barato!».