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Salve costa de Bretaña, donde nací, hoy dejando tierra extraña vuelvo hacia ti», canta Beltrán en «La tempestad», zarzuela de Ramos Carrión y Ruperto Chapí. Lo he recordado porque acabo de regresar de un viaje en autocar por Bretaña y Normandía, que salía de París y tras siete días de tour regresaba a París. No era el más jovencito de los integrantes del tour, pero casi, y eso que ya tengo un número de años considerable y erótico: sesenta y nueve. He estado a punto de titular este artículo como «Un, dos, tres», porque un camarero de Saint-Malo me dijo que primero era Saint-Malo, después Bretaña y después Francia. Cuando le pregunté qué venía después de Francia me dijo: «Nada, ahí se acaba». Entonces ya me había fijado que los lugares públicos estaban en dos lenguas, primero francés y luego bretón. Eso me llevó a recordar los nuestros, que están a la inversa, primero catalán y luego español. Claro que aquí algunos niegan que hablemos un dialecto del catalán, y esa es otra.

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Les puedo adelantar que las mareas y el Mont Saint-Michel son algo digno de ver, aunque se pelen de frío en plena primavera. También puedo asegurar que tenemos mucho que aprender de los franceses en el terreno turístico; cuidan el negocio –léase el entorno— y venden hasta el aire de París; trajes de corsario, luces de la tour Eiffel, quesos a mansalva, monedas conmemorativas del desembarco en las playas de Normandía, chatarra de la Segunda Guerra Mundial, canciones melodiosas cantadas por intérpretes que nunca pasan de moda, recuerdos de escritores como Chateaubriand o Saint-Exupéry, etc. A uno le entran ganas de expresarse en francés para ver cómo ocurre lo contrario de aquí, donde nunca eres nada ni nadie y todos los días vuelves a empezar. Otra cosa que deberíamos aprender es a subir los precios, pero debería ser una subida acorde con la calidad de los servicios. Sin embargo, nunca entenderé que el precio de ciertos hoteles de París sea de diecisiete mil euros la noche, o que el menú del restaurante situado en la cumbre de la torre Eiffel sea de cuatrocientos euros, amén de lo prohibitivo de la minuta en La tour d'argent, el restaurante más antiguo de París, y de que después de degustar los platos de la nouvelle cuisine uno se quede con hambre. Pero dense el gustazo de descubrir cómo Francia ha impuesto la unidad de la lengua y el centralismo político después de regalar al mundo la primera revolución de la era moderna y el primer emperador coronado a sí mismo, alias Napoleón.