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Todos tenemos talento, aptitud para algo. No siempre se ve. Dicho talento puede permanecer oculto, dormido, aletargado incluso para nosotros mismos, esperando su momento de despertar, que quizás no llegue nunca. Hay cosas que se nos dan bien, aunque no siempre lo demostramos. También es patético querer tener talento para algo cuando no lo tienes. Es más frustrante que una sesión de investidura. O tenerlo y no hacer uso del mismo por pereza, desconocimiento, o vaya usted a saber… la parábola de los talentos del Evangelio es una fuente inagotable de enseñanza, meditación y sabiduría. Ocultar los talentos recibidos, cada cual en su medida, no es agradable ni virtuoso a los ojos de Dios. Sean muchos o pocos, no los guardes ni escondas por desidia, temor o pereza: haz que fructifiquen y que le sean útiles al prójimo.

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Nos quejamos de los políticos y los acusamos de incapaces, torpes, corruptos, irresponsables… creemos que todos tienen talento para ello. Que es tan fácil como ser entrenador de futbol, cuando todo el mundo opina desde la grada o el sofá. No caemos en la cuenta de que, como en cualquier ocupación humana, el talento no está repartido por igual. Unos brillan con los años, otros pueden provocar catástrofes irreversibles. No se trata de comparar a Churchill con Zapatero. Pero tampoco ser ilusos y chuparnos el dedo. La política mezcla utopías e intereses. Pero esos intereses, pueden quedar reducidos a uno mismo.