En la víspera «des be», en Ciutadella, estaba yo emplazado a medianoche alrededor de una de las tantas mesas arrimadas a la calle, en plena tertulia, con amistades, con delicias sanjuaneras, con gin y limonada, cuando apareció en medio de la oscuridad y del tumulto el señor Obispo. Me comentaron que era aficionado al fútbol y seguidor del Elche, de donde era originario. Al presentármelo le comunicaron, recordando viejos tiempos:

Mire, un futbolista-

Ya no…, claro- le dije.

Y ahora?…

…. Ahora me dedico a escribir homilías para no creyentes- le solté, aupado por el gin con limonada.

…Interesante- respondió, sorprendido, más bien atónito.

No,.. no es interesante- le dije a su vez.

…¿No?

No …

¿Entonces?

… Es muy interesante.

Naturalmente el gin con limonada fue el causante de mi agresiva actitud a una hora y en un lugar del todo inapropiado. Sin duda el gin fue el culpable, no yo. Sin la pócima sanjuanera no le hubiera echado en cara al señor obispo, indirectamente, la necesidad de reformar la Iglesia sus homilías, porque eso le vine a decir con: muy interesante. Entenderá él, espero, que el gin con limonada manipula de algún modo a quien lo ingiere, por lo que me exonerará de mi descaro, aunque sea con retraso.

¿Qué son homilías para no creyentes?...Pues, pláticas que quieren alcanzar las mismas conclusiones que las de la curia, pero a través de razones en vez de alusiones bíblicas, por considerarlas los no creyentes, a los que denominaremos también agnósticos, fuera del contexto real y por lo tanto, inermes.

El no creyente se cierra en banda. Es complicadísimo convencerlo de que está equivocado,… si es que lo está, claro. Porque aunque la Iglesia emplee algunas veces selectos razonamientos en última instancia los estropea por echar mano del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo, cargándose la homilía,… al menos para personas agnósticas, que conforman manifiestamente la mayoría de la humanidad,… porque si una cosa es cierta se debe demostrar sin tirar sobre la mesa un comodín, sino el as correspondiente.

De todos modos la Iglesia no desconoce este asunto, formada como está por intelectuales de un nivel alto. Ellos saben latin por sus estudios y griego por el confesionario. Ellos saben,… desde luego que saben. Pero ellos, aunque muchos son doctores en psicología y filosofía, son ante todo prelados y no pueden evadirse de soltar sus comodines teológicos cuando, creo yo, se puede ganar la mano con un rey, un caballo o una sota.

El oscurantismo, la religión como oxígeno de la sociedad, lo cerró Kant en el siglo XVIII argumentando que el sujeto en el mundo no era Dios sino el hombre, dando paso a la Ilustración, a la modernidad. Y en esas estamos aún. Por lo tanto cuando Dios es el sustantivo, una homilía es técnicamente anacrónica. El sujeto debe ser el hombre. A partir de las raíces del hombre, de las catacumbas del hombre, se pueden alcanzar las catacumbas de Roma. Pero no a la inversa.

Le hubiera comunicado al señor obispo de seguir conversando con él que, según mi opinión, no se deben trastocar de todos modos ni un ápice sus postulados, sino agregarle en sus homilías otros textos complementarios que los potenciarían. Porque los creyentes, que somos al fin y al cabo los que las oímos, nos complacería que tirasen sobre la mesa menos comodines y más razones: psicologías o evidencias puntuales, aplicadas a la homilía de turno. Sería atractivo, mejoraría la atención del creyente, lo sacaría del sopor que producen en demasiadas ocasiones sus repetitivas pláticas, y llegarían hasta las afueras de la Iglesia, a los oídos de los agnósticos, que quizá, entonces, se interesarían más por un Dios que reside en su seno, que subsiste en su seno como sujeto, aún hoy, por la palmaria razón de que la totalidad de ellos cree en la posibilidad, aunque sea una entre cien, de que Dios existe,… lo que le confiere el rango que Kant de algún modo le sopló en el siglo XVIII.