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Alfonso Guerra, el de sus buenos tiempos, cuando en los años 80 era el puto amo del PSOE y de la política española, dijo aquello de que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió. Es una expresión castiza con la que metaforizaba sobre los profundos cambios que traía el socialismo recién llegado al poder.

Hoy diría lo mismo de Podemos, que desde que se ha vuelto señorío, no lo va a conocer ni la madre que lo parió. Construyó su trampolín desde el populismo y el ingenio, la casta como definición de los viejos partidos y las puertas giratorias para denunciar las salidas de ministros y altos cargos hacia los consejos de administración de las grandes empresas energéticas, necesitadas a su vez de influencia en el Gobierno.

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Me parece bueno el análisis y la denuncia, quién no puede estar de acuerdo salvo los cuatro beneficiarios del chollo. También en el ámbito local amagaron con frenar largas trayectorias en política de algunos cargos socialistas, que fueron y siguen siendo sus socios naturales para tocar poder. Solo fue un amago, no vayamos a hacernos daño.

Ahora de tapadillo a causa del coronavirus, ha despachado con nocturnidad en una asamblea telemática en la que participó solo la décima parte de los inscritos, cambios sustanciales en sus principios. No ha habido debate ni enfrentamientos, todo se hace a medida de Iglesias.

Se ha eliminado la limitación salarial a tres sueldos mínimos, se ha roto la prohibición de acumular varios cargos orgánicos o institucionales en una persona y se abre la puerta a que el caudillo de la formación extienda su mando más allá de los 12 años. Acaba de colocar a un podemita en el consejo de Enagás, allí donde el PSOE ha mandado a los Pepes Blanco y Montilla. No solo no ha cerrado las puertas giratorias sino que las aprovecha con viento a favor. Pura casta.