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Te dije hace unos días que el otoño y yo nos llevamos como el chocolate y las acelgas, por compromiso. Si afino más te diría que noviembre tiene la mayor parte de culpa. No solo se encarga de retrasar la Navidad, sino que alarga la resaca de mi cumpleaños. Y el viento... Qué poco me gusta el viento y para qué poco sirve. Mira lo de este viernes…

Pero no todo son cosas feas. En otoño no se come mal, empezando por es bunyols. Y también es época de tormentas. A mi padre le encantaban y era normal encontrárselo en la terraza, con el cigarro, contemplando a oscuras un espectáculo de luces que a más de uno nos acongojaría. Y más cuando le acompañan los rugidos tan característicos y que parecen propios de ultratumba.

Hace unos días lo recordé. Una suerte de nube negra apocalíptica cubrió el puerto de Mahón y desprendía destellos que cada vez eran más intensos mientras el sol se escondía. Yo le seguía dando vueltas -y sigo- al hecho de que este verano ha sido cualquier cosa menos verano. Noto como si alguien o algo estuviera en deuda conmigo. Una deuda de las que no se saldan con tanta facilidad.

Desde mi lugar preferido de Cala Llonga lo que se observaba era una escena bonita, preciosa y especial. Y, como pasa tantas veces al día y a la semana, dejo que mi imaginación vuele tan alto y tan lejos como quiera. Era muy especial ver como Mahón se iluminaba parcialmente a cada rayo. Y me imaginé que, tras esa espesa nube, se daba una reunión entre dioses. Ellos eran los encargados de decidir nuestro porvenir, de ir eligiendo qué podemos hacer y qué debemos hacer.

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Me los imaginé con muy poco margen de paciencia, intercambiando opiniones que se transformaban en voces, gritos y maldiciones. Y luego, en rayos, en esos espasmos de luz que nos llegaban a nosotros iluminando una estampa idílica.

Y, a su vez, nos imaginé a nosotros, a los simples mortales, ilusos y convencidos de que seguimos siendo los dueños de nuestro porvenir, cómplices de nuestro pasado y esclavos de nuestro futuro más inmediato. Nos imaginé como si todo lo que nos queda por vivir forme parte de un guión escrito por algún dramaturgo con un peculiar y absurdo sentido del humor y eso, más que la tormenta, los rayos y los truenos, me aterró.

¿Te imaginas que alguien decidiese por nosotros? ¿Que la espontaneidad no fuese sino un anhelo? Los dioses, o la autoridad divina que esté al frente, se habría lucido. Con mascarilla o sin.

dgelabertpetrus@gmail.com