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El cuerpo me pedía hoy hablar de línea continua en la calzada de Rafal Rubí, los 200.000 euros que se van a tirar en selfies en el Camí de Cavalls o esa política colonizadora a través de plazas de nuevo cuño que se van creando, hoy un gerente para el plan de turismo sostenible, mañana otro para el patrimonio mundial, ayer una gerente de turismo.

Hoy me llama más la atención el intento frustrado de sus señorías, las de los partidos de la gente en particular, de subir el sueldo de los diputados del Congreso. PSOE y Unidas Podemos votaron el martes en sede parlamentaria, como dicen los pedantes, el proyecto de presupuestos para el año que viene, que incluye un aumento del 0,9 por ciento de diputados, senadores y altos cargos. El gasto habría supuesto un incremento global de dos millones de euros, el chocolate del loro de unas cuentas donde el gasto público crece sin límite porque los simplones y manirrotas han establecido la idea maniquea de que cuanto más gasto más política de progreso.

La presidenta del Congreso les ayudó a rectificar. En el Senado no hizo falta advertencia alguna, los senadores del PP y del PNV frenaron el abuso salarial.

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El incidente revela que aquellos que pisan mucha moqueta y tienen escolta delante de su casa han perdido definitivamente el contacto con la calle, con la gente, dicen ellos y ellas. Tal vez practican el optimismo que, en palabras de Voltaire, es manía de sostener, cuando todo va mal, que todo va bien.

Pero no son optimistas sino simplemente caraduras que intencionadamente ignoran la realidad de la sociedad española, donde en una porción razonable de familias reina el paro, un ERTE, un comercio en quiebra, un bar cerrado, una empresa que se tambalea, un enfermo de coronavirus.

Apostar por aumento de sueldo en un estado de luto general es una afrenta. De qué van.