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El barco se iba a pique y ellos, los ocho músicos del Titanic, seguían pulsando violín, chelo y piano primero en el salón de proa y luego en popa, en la cubierta de botes. El barco ha chocado contra un témpano de hielo, se hunde y la orquesta no solo mantiene la normalidad sino la felicidad y los sueños que evocan la música a bordo.

Un siglo después, la historia de aquel episodio tan glosado por el cine y la literatura parece haber inspirado a los ocho consellers que tocan violín, chelo y piano en el Consell de Menorca. Un bichito mortal se ha interpuesto en la singladura de rutina de la sociedad y mientras el pasaje acude a los botes del ERTE, los subsidios y la caridad, ellos ponen música y nos mandan el mensaje no solo de normalidad, sino de que estamos a un paso del paraíso.

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Nuestros músicos se han comprometido a pedir formalmente al patrón del barco rompehielos, el presidente del Gobierno, que ponga en marcha en Menorca un plan para que el personal trabaje cuatro días. Es decir cobrar lo mismo a cambio de ponerse el mono un día menos. O dos, aquellos que trabajan seis.

Es evidente que el trabajo de las instituciones tiene también una dimensión folclórica que se manifiesta en iniciativas que no llegan a ninguna parte. Son rumiadas en las tertulias de taberna y en la era del tuit su existencia es efímera y pasajera.

Al patrón del rompehielos le preocupa más el agujero en la caja de las pensiones y el dinero de Europa y no está para tonterías. La propuesta del Consell no pasará del primer jefe de negociado al que llegue la correspondencia oficial. A estas alturas de carrera ya le sonará Menorca y será fácil relacionarla con hechos pasados, ¿no es esta gente la misma a la que hace muchos años hemos dado dinero para construir una carretera y todavía se están peleando? Mejor les enviamos violín, chelo y piano.